Miserere. El Exodo de los Espíritus. Marcelo Zamora, Escritos
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Miserere

Debes ser muy exigente para crearme para mis pasos tantos arenales tan secos…

Publicado: lunes, 31 de octubre de 2016

Miserere. Debes ser muy exigente para crearme para mis pasos tantos arenales tan secos…

La lluvia persiste y dibuja engaños en los vidrios… empapado, el pelo sobre la cara, sobre los ojos quizás intentando esconderlos… nada detiene los pasos, la rivera se ve hermosa así desierta y cada gota que cae podría mentirme que son llantos del cielo…

No hay cielo que llore en este infierno… la lluvia se hace aguacero y qué más… no hay donde ir cuando la tormenta está adentro.

Tal vez el agua purifique estos espantosos desasosiegos… o se apiade el titiritero…

Me pierdo allí apoyado en el herrumbrado cerco… solo allá a lo lejos puedo escuchar a unos pescadores haciendo bromas sobre sexo…

El aire se ha puesto frío pero no podría tajar la piel como si lo hacen las cosas que pienso… las manos heladas como el tiempo.

Las dudas se hacen certezas cuando el mensaje más claro por escuchar es el silencio… la mirada en la nada, el pulso inquieto, si al menos la fortuna de la ansiedad visitara este hueco que tengo. El adagio en los oídos y las postales de lo incierto. Los recuerdos de las glorias que me recuerdan que tal vez ahora esté interfecto.

La nada misma entre los huesos. La carne colgando de los sueños que se fueron.

Dos despreocupadas rubias se aman mientras caminan y se miman bajo un paraguas a lunares inmenso. En su paso por este lugar percibo que me observan y por eso las observo y sonríen para darse otro acalorado beso…

Desde el púlpito de la abnegación se tensan apenas mis labios como si una sonrisa fuese posible pero mis ojos delatan el tormento, el desamparo, el mutismo… la indiferencia hacia cualquier probable ensueño.

Un rayo cae en las islas lejanas y su delicado sonido despierta un poco mi percepto. Y por si fuera lerdo el ritmo de las gotas cayendo, las nubes apasionan más su lamento, los oídos aturdidos ya por los truenos y una catatonía impasible retarda cualquier movimiento.

La piel arrugada de arrastrar pasados, los sentidos inútiles… una gota recorre un mechón hasta desplomarse sobre mi nariz y humedecerme los labios quebradizos y resecos.
Allá hacia el sur se encienden las primeras luces de una ciudad que se desnuda obscena y frívola, vana y fútil… todo un universo entero de caminantes sin destinos, de sombras animando ocasos de espíritus que han emprendido un viaje quien sabe dónde hace tiempo…

Este éxodo de los espíritus masivo y brutal, volviendo imposible cualquier intento que me deja con un gesto permanentemente parco callando clamores que ya no tienen ninguna esperanza de salir del invierno.

De qué sirve seguir aquí. Caminar es un ardid al menos… pretender ir hacia alguna parte para mitigar el mutismo. Un Cristo de madera desolado en una cruz, calvarios olvidados, madera vieja y rasgada por indiferencias y llantos de cebollas sin sustentos.

La impiedad sigue venciendo. Una y otra vez… riéndose en mi cara, burlándose bestialmente de todo aquello en lo que creo. Así debe ser como mueren los animales extintos en estos tiempos.

Poco a poco las almas se van… sin que nadie siquiera lo advierta… harto de lamentar, callar, e implosionar. La oquedad que se hace agujero negro.

Un mendigo, tan mojado como yo, con años de no conocer un buen aseo… pregona que el Señor es su pastor y que nada le ha de faltar. Un cuadro en el que en mucho me veo. Bajo la mirada, mis pies descansan algún momento.

Intento creer que estás ahí donde todos dicen. Una y otra vez lo intento, con todas mis fuerzas, con todos mis sueños, con todos mis atropellos. Debés ser muy celoso para no dejar que mi corazón encuentre su consuelo.

Debes ser muy exigente para llevarme siempre por los lugares donde más me reviento… para en medio de la humedad y los mares verdes crearme para mis pasos tantos arenales tan secos…

Debes saber sobre mí cosas que yo no comprendo… o tal vez me la pase hablando solo en este averno…

El anciano se aleja y advierte sin mayor asombro la presencia de este hombre sentado en un banco que viene buscando la fortuna de una lágrima que sacie su alma reseca de soledades y silencios. Un buscador de espíritus sobrevivientes entre las tumbas de colores y ruidos de este desierto de cal, metal, mentiras y cemento…

El anciano sólo proclama en cada lugar que puede… suponiendo que dar es la función directa para luego recibir… Quizás algún día recobre su espíritu perdido… o tal vez lo encuentre el fin de sus días repitiendo siempre el mismo rito de la nada que aspira a nada… la nada que aspira a la cosa para ser ella misma alguna cosa…

Un acto de misericordia en un mundo ciego.

Miserere.

Tal vez ese mendigo, viejo y probablemente enfermo sea la respuesta a tanta tristitia que acarreo.

Sin grandes revelaciones, sin espectaculares milagros la búsqueda de los espíritus, la belleza y la vida a veces quitan algún velo e ilusiono que no existan las casualidades y que alguien debería haber después de todo detrás de esos signos, de esos ínfimos gestos.

Sin dudas sigo siendo la nada, la nada que aspira a ser…

Marcelo Zamora, 31 de octubre de 2016

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