Araranguá. La Gravedad del Amor. Marcelo Zamora, Escritos
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Araranguá

Especialmente dedicado a mis amigos que siguen enamorados venciendo al tiempo, la rutina y sobre todo al mandato de una cultura que adora lo efímero.

Publicado: miércoles, 28 de septiembre de 2016

Araranguá. Especialmente dedicado a mis amigos que siguen enamorados venciendo al tiempo, la rutina y sobre todo al mandato de una cultura que adora lo efímero.

Este escrito es de los pocos que han sobrevivido a todo lo que he tirado debido a mi inconformismo constante e insoportable. Es del año 1994 o 1993. Y habla de un tiempo bello y lejano pero que también ha hecho a lo que soy porque fue vivido con extrema ilusión e inocencia, alegría y plenitud. Las correcciones hechas hoy sobre el texto son minimas y no alteran en nada el sentido original.


Hice una vez un viaje que a ningún otro se parecería. Siempre los viajes del alma habían sido más ricos que los de la carne... aquellos pasos que diera por los acantilados de la ingenuidad me llevarían por un mundo fascinante donde omnipotencia y fragilidad no se lograrían diferenciar. Pero así dicen que es la belleza... “ el principio de lo terrible que aún podemos soportar” (Ride María Rilke ).

En aquel lugar las calles eran verdes, porque verdes eran sus ojos y verde es la vida y nada existía allí que fuera más virtuoso que trajinar de la mano de nuestros ensueños... las mañanas eran azules, porque azul era la completud y nada podría compararse a saber oír ese silencio suave de la serenidad de hacerse uno con tan solo un abrazo, una mirada o una palabra.

Las lágrimas eran blancas porque blanca era la claridad de las emociones, los llantos felices y las sonrisas de aquella espontaneidad. Solemnes himnos de autenticidad e ingenuidad desenfrenada…

Los árboles se adornaban de hojas hechas de palabras, porque las palabras eran encuentros y no habría descubrimiento más apasionante que el de hallarla siempre para derrumbar los muros de la soledad propia de la existencialidad.

Los horizontes se poblaban de crédulos porque en esos genios de las visiones estaba el coraje de los que sólo han aprendido a dar.

Y los días... los días no eran tan cortos como las fantasías que mi escasez íntima me permitiría remontar, se alargaban al compartirse y ese estado deslumbrante me hacía sentir y vivir todo eso que ninguno de mis argumentos jamás podría explicar...

Hice una vez un viaje, y éramos dos engreídos creyendo en la eternidad, éramos dos arrogantes que se arriesgaron a soñar...

Marcelo Zamora, 1993 o tal vez 1994

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