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La tierra que nos ha criado es lo que nos hace lo que siempre seremos

Publicado: miércoles, 10 de septiembre de 2014

La tierra que nos ha criado es lo que nos hace lo que siempre seremos.

Especialmente para mis amigos de Fisherton R y muy especialmente para Chiche y Roberto, quienes al conocerlos me abrieron el mundo entero a través de sus enseñanzas, su biblioteca y su cariño desinteresado en hacer de mí una persona de bien.

La ciudad lo oculta y dentro de ella nos olvidamos pero allí fuera está esa inmensidad verde… interminablemente verde… ahora poblado por innumerables montes artificiales, árboles plantados por los criadores de ganado de otros tiempos, hoy ya no se cría ganado en el país de las vacas…

Desde este océano verde, cuando el silencio y la soledad son posibles, allá escapando de las ciudades y poblados, las nubes navegando los cielos inventan incansablemente figuras para la imaginación, para los sueños… si hasta da la sensación que vienen de algún lugar en especial y viajan hacia algún otro lugar especial… por momentos si la vista y la mente se pierden en esas imágenes irrepetibles de los fractales moleculares del agua, ni parecen nubes…

Cuanta fascinación en ese horizonte lejano de inviernos fríos en medio de la pampa… esos arbolitos lejanos apretaditos unos con otros como intentando guarecerse de las heladas de junio. Cuanta desolación en la ciudad ruidosa, violenta e indiferente…

Cuál sea la razón divina por la cual debo vivir entre cemento... cuando de niño me crió el canto de las aves en el verde y la inmensidad de mi querido barrio el R… barrio que ya no es lo que fue, ahora con tantas casas y ligustrinas ocultando los atardeceres que mis ojos tanto disfrutaren…

Cuál sea la razón divina, que me ha dejado atrapado en un mundo que sabe que no le pertenezco ni me pertenece… como el tiempo nos lleva por diferentes parajes añorando aquel donde hemos sido nosotros mismos. Tal vez eso sea lo que tanto me une a Atahualpa y su melancolía de piedras y caminos ausentes.

Un hombre puede extrañar a una mujer y definitivamente extrañará a su madre, su padre, sus hijos, sus amigos… pero la tierra no se extraña… la tierra que lo ha criado es uno mismo… y la lleva allí donde va… con alegría a veces… con profunda tristeza otras tantas…

Como te extraño infancia mía de libertad entre las malezas y la inocencia, esos silencios de contacto íntimo con el todo… como te extraño adolescencia mía… de duros momentos pero uniones fuertes… de espacios abiertos e inmensos… de libertad… de los amigos del barrio… de las noches todos juntos jugando a las cartas, asando choclos o sentados en el kiosco con una gaseosa y largas horas de charlas y proyectos… de guitarra y canciones de Sui Generis… de interminables horas de práctica de Carulli y Bach con la guitarra. De plácida lectura en mi cama o bajo el olmo descubriendo el mundo a través de las letras de los autores clásicos en una suerte de recorrido sartreano que en ese momento naturalmente ignoraba pero practicaba sin pausa.

Como te extraño tierra mía donde aprendí a luchar uniendo fuerzas para cambiar lo que a todos nos conviene… donde los árboles y los baldíos vestidos de distintos tonos de verde nos veían caminar por tus calles desiertas lejos del bullicio de la gente… caminar tres cuadras y tener el ocaso completo a disposición siempre… donde una simple llovizna de otoño invitaban a contemplar la belleza de esos añosos pinos que desde mi ventana observaba sin perturbaciones intentando comprender los increíbles milagros de la Creación…

Las ranas, cuises, teros, codornices, sapos, iguanas, y viboritas que solíamos en nuestra ignorancia llamar serpientes… la vecinal y nuestras luchas... los te de hierbas silvestres cosechadas en el bosquecito… el quincho que nos juntaba siempre… los pececitos del arroyo Ludueña, las migraciones de las garzas blancas en los eucaliptus del Golf…

La filosofía nocturna…. Constelaciones, ópera, segunda guerra mundial, Larralde, cuentos latinoamericanos en la radio... tantas cosas que nos llenaban el alma en conversaciones de verano… la libertad, siempre… la libertad…

Éramos libres … podíamos caminar en la noche por la calle desierta o en la siesta, podíamos ser niños y jugar en medio del campo y el único peligro estaría en clavarse algo en un pie… o que te picaran las avispas… podíamos jugar a la pelota hasta no dar más…

Esa tierra me parió… sin maldades entre nosotros… con el suficiente silencio para poder escuchar a los demás y a nosotros mismos… con la naturaleza rigiendo, con la vida enseñándonos de que se trata esto de andar existiendo…

Por donde la vida me lleva he ido cosechando amigos, y eso siempre lo agradezco pero en esta noche quería expresar este sentimiento a mi querido Fisherton R, a mis amigos y vecinos de esos tiempos, a ese paraje hermoso donde aprendí a amar a la tierra y al tiempo. Donde pude aprender cuan ínfimo es mi ser ante el todo precioso del universo y por el cual de poder hacerlo lucharía con más fuerza contra los avaros que destruyen todo sólo por dinero, porque a la tierra y a la vida, a los bosques y a las especies… a las personas… no hay oro que pueda reemplazarlos…
Marcelo Zamora, 10 de septiembre de 2014

He elegido como música de fondo esta obra increíble de Gustav Mahler, (1860 - 1911) Sinfonía Nº 5 en do sostenido menor [in C sharp minor] 4º Movimiento: Adagietto. Sehr langsam (attaca)
Chicago Symphony Orchestra, Daniel Barenboim, director. porque me da la sensación que son los sonidos exactos para la rememoración de aquel tiempo de mi vida y lo que significaba y significa esa tierra en mi alma.

Publicado en Coolrosario.com.ar el 9 de septiembre de 2014

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