Hay un mundo vedado para los ojos de la maldad. La Vida se Abre Paso. Marcelo Zamora, Escritos
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Hay un mundo vedado para los ojos de la maldad

"Hace más ruido un árbol que cae que un bosque crece" (Óscar Andrés Rodriguez Maradiaga)

Publicado: martes, 2 de agosto de 2016

Hay un mundo vedado para los ojos de la maldad. "Hace más ruido un árbol que cae que un bosque crece" (Óscar Andrés Rodriguez Maradiaga)

Hay un mundo que no conocen los que se hayan entregado a la codicia, una tierra inaccesible para los que se hayan rendido a la lujuria posesiva del soma. Hay un universo frente a los ojos de todos pero el mal es causa de ceguera, siempre…

Silenciosa la vida hace su parte en la sinfonía única e increíble de la Creación. Y tal como ha dicho alguien “hace más ruido un árbol que cae que un bosque crece”. Ese es el lenguaje de la Creación…

Es la mañana y un diminuto colibrí sobre el cableado del teléfono llama a mi mirada, mueve su cabeza, de un lado a otro, en busca de su alimento… no soy el único que ha pasado por esa calle… y entonces a pesar que me corre el horario para llegar a la cochera… decido tomarme un minuto de reloj y observo… para todas las personas que pasaron tan apuradas como lo estaba yo… ese animal, esa maravilla increíble de la vida, no existió jamás… y me sentí afortunado de mirar hacia el cielo… me sentí agraciado de mi insistencia por admirar desde el alma a la vida misma, cuya ciencia y belleza a nada puede ser comparada…

Con las mismas presiones que esas otras personas, las cuentas que llegan y el trabajo que nunca se termina… pude arrebatar un minuto de milagro para mi tiempo… tanto tiempo entrego a las obligaciones… ¿cómo podría estar tan mal vivir por un minuto…? La mente al conectarse con el alma descubre universos escondidos frente a la vista de todos… así que continúe mis pasos decidido a cumplir mi itinerario sin dejar de maravillarme con los milagros cotidianos que pudiesen aparecerse en el camino… y así invisible, entre el césped de una vereda, un ave de color marrón un poco más grande que un gorrión caminaba con terrible elegancia… y allí entre tanta desidia humana, entre la basura que tapa las calles, entre los ruidos y el humo de los vehículos… entre los gritos de una madre a sus hijos desobedientes y los insultos de un conductor a otro… cientos de milagros volaban por encima de nuestras iniquidades… y entre los rosales blancos de la plaza, tan prolijamente dispuestos para adornar el paseo, una florcita amarilla, de las que de pibes decíamos flores de sapo, se reveló a mi asombro… un yuyo diría alguno… allí escondido tras el rosal, apenas asomando al sol tal vez para no ser descubierto…

Mientras unos chicos toman cerveza y fuman en un banco… tímida y casi imperceptible una salamanquesa se pierde en el césped. Vidas que se suceden a pesar nuestro, prodigios que cuesta comprender… como los sábalos que pueblan el río Paraná y a más de diez mil kilómetros lo hacen también en el río Columbia… ¿cómo llegaron de un lugar al otro…? si son de agua dulce si los separa tanta tierra y tanto mar…

Tantas preguntas como estas hay para hacerle a los etólogos… tantos milagros cotidianos… es que la vida sigue su plan, la vida encuentra el camino, abre autopistas de formas que desconocemos y creemos desde la arrogancia haber descubierto…

Los hombres nos dedicamos con tanta velocidad a depredar que terminamos desconociendo el tesoro que hemos recibido, un raudal que vale mucho más que cualquier moneda, que cualquier metal precioso. Esa joya única e irrepetible es la vida misma, la cual nos encargamos con tanta facilidad de desperdiciar corriendo como locos por apropiarnos de todo lo posible para luego un buen día tener que dejarlo todo porque se nos ha acabado el tiempo de gracia, el tiempo de aprender… el tiempo de vivir… y así ni sabemos muchas veces quienes somos o quienes son esas personas que decimos amar o recorrimos tantos años los mismos pasos repetidos y vanos que no pudimos palpar la existencia de otros seres increíbles y únicos como nosotros.

Es por esto que sostengo que hay un mundo vedado para los ojos de la maldad, la maldad nos encierra en la avaricia, nos manipula usando nuestra propia soberbia… nos esclaviza con la pereza, nos ata con la lujuria, nos desfigura con la gula, nos enceguece con la envidia, nos aliena con la ira y finalmente nos va matando, día a día, minuto a minuto, respiro a respiro, con la tristitia que nos provoca no vivir… ese malestar de la cultura del que tanto se habla en congresos académicos… tristeza y depresión del humano moderno…

Ciegos, sordos y mudos a causa de nuestras propias miserias, perdemos nuestro tiempo de admirar, de contemplar, de saborear, de percibir, de elevar nuestras miradas más allá del ombligo de la piel…

Amordazados permitimos que nuestras vidas se vayan en números y papeles, en discusiones absurdas, en batallas de egos y arrogancias encontradas… y todo nuestro ruidoso y brilloso estilo de vivir en nada logra superar la ingeniería inefable del milagro primero, la vida… porque así como de improbable es encontrarse a un colibrí en una calle atestada de autos y gente escandalosa… así de negativas son las probabilidades que estemos aquí ahora mismo, donde estamos, y sin embargo, contra todo pronóstico vivimos… a pesar de la contaminación, de la destrucción que llevamos donde vamos, de la gula con que engullimos la Creación, de la avaricia con que nos tratamos unos a otros… a pesar de todo, la vida sigue allí… apostando igual… por el jugador más perdedor de la carrera, que somos nosotros, con nuestra maldad a cuestas…

Es posible que nos quede una misión por atender con urgencia, y que esta sea la misma que alguna vez abrazaron tantos pueblos originarios de empezar a aprender a vivir, observando como sucede todo en la vida misma, en las selvas, en las sabanas, en los valles y en las cumbres… esa vida que se nos ofrece y muestra aún en medio del infierno mismo que llamamos ciudad.

Despojarnos de la maldad, aceptar que esta existe y que somos sus prisioneros, puede que sea, nuestra única oportunidad en un mundo que día a día estamos llevando a su final.


Marcelo Zamora, 2 de agosto de 2016

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