Elijo el silencio. La Belleza. Marcelo Zamora, Escritos
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Elijo el silencio

Contemplar las ilusiones de aquellos niños que fuimos en silencio…

Publicado: lunes, 18 de mayo de 2015

Elijo el silencio. Contemplar las ilusiones de aquellos niños que fuimos en silencio…

Cuando era un niño, mi juego era la pampa desolada en las afueras de la ciudad, más baldíos que casas y el horizonte infinito desafiando mi imaginación, el rojizo ocaso que podía admirar al oeste escapando en mi bicicleta hasta el arroyo Ludueña… el aire frío y limpio en la cara, la maleza amarillenta simulando fértiles trigales y esos misteriosos montes de eucaliptus en los cuales mis ojos se sumergían intentando develar el misterio y la inmensidad de la vida…

Allí podía ser uno de esos soldados que veía en la TV en la campiña francesa, o era el explorador del África y los cuises eran las bestias de la sabana… los caranchos eran águilas… y cuando las garzas blancas se acercaban a los bañados del arroyo corría en el afán de alcanzarlas, tan hermosas e inaccesibles… el olor de la tierra en las manos cuando no el barro en los pies y los retos de mi madre…

Así es la vida, ¿no?, cuando esos animales abundaban soñaba que eran otros, hoy que ya han sido desplazados por la humanidad, hoy que ese hábitat ha sido conquistado por el cemento y el ruido… desearía verlos, tal y como eran… Así es la vida, siempre deseamos lo que ya no es, lo que nunca será o lo que nunca fue…

Debe ser culpa de ese mundo que la libertad se hizo carne en mí y nunca supe soportar bien los lazos…

El silencio… como te extraño silencio de la pradera… las voces de la naturaleza, es algo que cada chico de este mundo debería tener por derecho poder descubrir… es la visión que nos falta a los humanos de hoy esa sensación de ser parte de su tierra…

Desde esos silencios llovían ideas, todas precipitadas, ideas de niños… pero hay una belleza especial en ejercer esa razón equívoca de la niñez… hay una independencia mental y una imaginación capaz de hacer de un palo un cetro, de un árbol un gigante, de un lejano ranchito un fortín, de un caballo un malón, de los gorriones habitantes del bosque y de un ave migratoria como las garzas un deseo interminable de saber… ¿de dónde vendrían?, ¿hacia dónde irían?, preguntas con las cuales tejía historias que desafortunadamente no recuerdo pero que me llevarían a interesarme más adelante en la biología y el comportamiento animal.

Cuando arreciaba el pampero era mi día. Siempre me sentí tan ligado a él… de donde vendría ese aire tan frío… como serían esos increíbles lugares donde el aire se enfriase así… imaginaba como sería ser una partícula que viajase por el aire desde las inconmensurables distancias… incluso cuando adolescente lo esperaba y solía escaparme de todo a esa soledad si el pampero venía limpiando la humedad. Y hallaba un equilibrio increíble en ese silencio…

A veces pienso, que ese pampero y su particular silencio apenas perturbado por un silbido casi imperceptible… eran las caricias con que Dios buscaba domar mis miedos…

Esta noche he recibido otra de esas caricias del Creador, me ha dicho a través de una persona con quien comparto algunas visiones sobre el todo y un respetuoso afecto: “de tu silencio brotarán cosas hermosas seguramente...” Y supe entonces que debía entregar mi tiempo… así sea que lo que logre escribir lo lea una sola persona, para alguien seguramente va dirigido esto que intento… alguien que no sé quién es y que de seguro no habré de saberlo, pues esa es la carga del mensajero…

Quién sabe si esto que brota sea algo hermoso… si puedo asegurar que me ha llevado a hermosos recuerdos… recuerdos de cuando las nubes me contaban sus secretos. De cuando la profesora de música me enseñaba en mi modesta guitarra las notas de Bach, un universo nuevo, y viajaba en esos tonos en mi aparente silencio…

De cuando uno de esos pensamientos de niños nos llevó a caminar varios kilómetros pues habíamos escuchado que el arroyo tenía un salto, que para nosotros era una catarata, ni más ni menos… y agotados correríamos ante la mirada animosa de un toro… De cuando los sueños no eran ajenos, eran bien nuestros…

De cuando la amistad era nuestra mayor fortuna y cada día apuraba el encuentro… para algunos lo seguiría siendo, y aunque a veces lejanos por un tiempo nada separa el amor que une a los que caminamos juntos los pasajes de los sueños…

De cuando los días eran tan cortos no por estar ocupados sino por estar felices… por sentirnos parte de un todo, sentirnos piezas de la vida y el universo, sin más afanes que volver a vernos…
De cuando el negro Martineitz leía cuentos fantásticos en radio del Plata y descubría para mi mente adolescente las historias increíbles de los escritores latinoamericanos con su profunda voz…
Siempre es celeste el cielo si lo observamos con los ojos cerrados y en silencio… volver a algunos lugares aunque más no sea en recuerdos, son senderos de paz, de ensueños… son árboles con hojas de color verde intenso y las caritas de todo lo que fuimos y que de alguna manera siempre seremos…

Contemplar las ilusiones de aquellos niños que fuimos en silencio… disfrutar y respirar esa energía, esa vida, esos momentos, y la luz del amor que siempre irradia ese encuentro con las voces de aquellos magníficos tiempos…

Y si… como cuando en mi niñez iba presuroso a recibir la caricia del pampero observando la infinitud del oeste incierto, elijo el silencio…

En el silencio me habitan los recuerdos, me encuentro de nuevo con el camino que a veces voy perdiendo… me hablan las ilusiones que me hacen mejor de lo que pudiera ser si solo la razón observo y me habla Dios a través de pensamientos lúcidos y descubrimientos… poniendo en mis sentidos sensibilidad para todo lo bello que aún y siempre ha de abundar en el universo…
Esta noche alguien que es luz en mi tiempo, me ha regalado este pensamiento y paso el mensaje a quien sea de donde sea que lo esté necesitando en este momento…

“Nuestra alma tiene necesidad de soledad. En la soledad, si el alma está atenta, Dios se deja ver. La multitud es ruidosa. Para ver a Dios es necesario el silencio” (San Agustín)

Por todo esto elijo el silencio.

>Marcelo Zamora, 18 de mayo de 2015

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