El existencialismo de Sartre. Escritos. Marcelo Zamora, Escritos
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El existencialismo de Sartre

Publicado: martes, 14 de abril de 2009

Jean Paul Sartre -el "ateo perfectamente lógico"- es el único filósofo que profesa y ejerce formal y explícitamente el “modo de ser” existencialista; no se encuentra en su filosofía esa ontología de ribetes poético-romántico a que nos tienen acostumbrados los filósofos existencialistas. El vivió con toda la masa su sistema que se halla construido con rigurosa lógica, de un modo muy racionalista y hasta se puede decir que a priori. Declaró que "el existencialismo no es otra cosa que el esfuerzo de extraer todas las consecuencias de una posición atea coherente".
Sartre atribuye a su existencialismo las siguientes características fundamentales:

1. El existencialismo es “esencialmente” ateo: Dios no existe, por tanto, no hay una “naturaleza” estrictamente humana que sería común a los hombres. Es primaria a la esencia humana, la existencia concreta de los hombres. Y como Dios no existe, no existe normativa ni ley que obligue al hombre a comportarse condicionalmente de determinada manera. El hombre está “condenado a ser libre”. Según Sartre, si Dios existiera, el hombre no sería libre; pero el hombre es libre, luego Dios no existe.

2. Al no existir Dios, la angustia y la desesperación son lo propio del hombre. El hombre no puede refugiarse ni remitirse a ningún Dios. Existe individualmente solo en el mundo, aunque rodeado de otros hombres y de cosas. No existen reglas morales definitorias a las que deba adscribirse, sino que cada uno debe asumir en su vida lo que quiere hacer de ella, en una suerte de “tabula rasa” moral y existencial. Nada ni nadie garantiza que el hombre pueda ser feliz. Un permanente estado de angustia y desesperación son, entonces, inherentes a la vida humana.

3. Condenados a ser libres. La libertad –no hay determinismos ni indeterminismos- del hombre es algo irrenunciable para él, a no ser que tenga “mala fe” incluso a pesar de ello. La libertad es la consecuencia invariable que Sartre postula que es inevitable una vez fundado como principio el ateísmo más fundamental.

4. El hombre es lo que hace. No existen mandatos que una naturaleza humana le “diga” al hombre debe hacer. En el existencialismo no hay lugar para el descanso ni el sosiego existencial. El destino está en el arbitrio de cada cual; pero no hay nada ni nadie que garantice que, si obra “moralmente”, será feliz. Ni tampoco hay lugar para un conformismo resignado: el hombre tiene el imperativo de hacerse a sí mismo, sin quedarse paralizado en su desesperación. El mundo circundante será lo que él quiera que sea; o, al menos, debe intentarlo; aunque nada ni nadie le exige ni nada ni nadie garantiza que hacer lo “mejor” le dará alguna recompensa. Pese a esto, el hombre es lo que hace; el hombre son sus obras, y con ellas puede ser un héroe o un infame, a pesar que no tenga que dar cuentas a nadie “superior” al hombre mismo.

5. El hombre no está solo: la intersubjetividad. La existencia humana roza, colisiona o se relaciona con las otras aledañas existencias; por tanto somos responsables de nosotros mismos, pero también de los demás. Lo que nosotros somos es lo que hemos elegido ser, pues somos lo que elegimos hacer. Pero cada uno de nuestros actos afectan a todos los hombres. Desde el advenimiento de la fenomenología, Sartre defiende la primacía de la propia conciencia, pero indica el riesgo de caer en el solipsismo en el que confluyó la filosofía de la subjetividad. Sólo en el trato con los otros, ante la mirada -cosificadora- del otro, somos conscientes de lo que verdadera y auténticamente somos. El hombre emerge no desde la soledad de la conciencia, sino del relacionarse existencialmente con los demás. Pero muchas veces, el otro se convierte en “mi infierno”. Estamos condenados a la interacción con los demás, pero esa relación, como ha dicho Mounier: “el mundo de los otros no es un jardín de delicias”…precisamente.

6. Primacía de la existencia sobre la esencia. Una existencia humana no existe, sin embargo, sí es común a los todos hombres la “condición humana”, que se caracteriza por la finitud, la indigencia, la temporalidad, el absurdo, la libertad, la desesperación, la angustia, etc. Esta condición humana consiste, en tener que construir cada uno su propio e intransferible destino, asumir la condición finita y mortal del hombre, vivir en co-relación con los otros hombres, aceptar la condición de “estar arrojado” en la existencia, etc.

7. La buena y la mala fe. Lo que Heidegger describía como vida “auténtica” (la que encara el ser finito del hombre) y la vida “inauténtica” (la que se aliena y no acepta su ser-para-la-muerte), Sartre lo expone en términos de “buena o mala fe”. A pesar de no existir una escala jerárquica “revelada” ni “natural” valorativa, no todos los valores valen lo mismo. El que actúa de mala fe se excusa alegando que no puede luchar contra las determinaciones, los condicionamientos o el destino. Por tanto el que actúa con mala fe no elige tener que elegir. Pero como no existe el destino, es necesario actuar con responsabilidad, encaminando por vías llanas la propia libertad y la responsabilidad ante los otros. La mala fe, al fin, consiste en no asumir la responsabilidad de los propios actos, que son los que definen lo que el hombre en definitiva es. Además de la mala fe, Sartre habla de “la mentira a secas” por la que se refiere al mundo de las cosas y también en el engaño a los otros en nuestra relación con ellos.

8. La vida no tiene sentido “a priori”. Dios no existe, ni existen leyes pre-fijadas en este sentido para la vida del hombre. No existe un “sentido” de la vida; si la vida tiene algún sentido es porque cada uno se lo construye, se lo inventa, o lo conquista.

9. El existencialismo es un humanismo. No se trata de un humanismo que estime una supuesta naturaleza humana, común a todos los hombres; ni invoca a la bondad de la Humanidad en la historia, etc. No existe ningún otro ser moral que no sea el hombre mismo, ni valores pre-fijados; es un humanismo, en tanto en cuanto que está en las manos del propio hombre vivir su vida en libertad y responsabilidad, tomando hasta el fondo de la copa de la condición humana, que es la única realidad posible que tiene el hombre.
Etiquetas: existencialismo, Heidegger, Jean Paul Sartre
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DOMINGO, FEBRERO 11, 2007
El Amor en Sartre

Para Sartre las relaciones con el prójimo son problemáticas. El otro es una barrera para mí y desea reducirme a un estado de objeto. El otro, el “absolutamente otro” orteguiano es un puro problema en mi vida. Dice Sartre que “La actitud del prójimo es incontestable y me hiere en pleno corazón, me doy cuenta de ello a través del desagrado. A causa de él estoy constantemente en peligro”. No nos queda otra alternativa que reaccionar defensivamente. Y estos mecanismos de defensa son básicamente dos:
-La actitud de la indiferencia. El prójimo pretende negar mi libertad, así, yo también negaré la suya. No consideraré al otro nada más que como cuerpos sin alma, como entes autómatas, como simples funciones. Me diré: “El perforador de boletos no existe sino en función de perforador; el mozo de café no es sino la función de servir a los consumidores”.Pero, a poco, esta tentativa fracasa porque aparece “la conciencia de una mirada errante e inasequible que podría alienarme sin que yo lo supiera”.
-El amor. En el amor la reacción es distinta. El prójimo no quiere ver en mí sino a un objeto y negar mi humanidad. Lo acepto sin insubordinaciones. Pero deseo ser para él el fin absoluto, el objeto imprescindible al que deba subordinarse por completo, algo de lo que no pueda no depender. De este modo recuperaría mi ser al esclavizar a aquel que me ha alienado (Recordar que la alienación es un estado de locura, un estado mental caracterizado por una pérdida del sentimiento de la propia identidad. -RAE). Es por eso -por esa recuperación del ser- que el amor es un don en sí mismo. “Cuán bueno soy de tener ojos, cabellos, cejas, y de prodigarlos incansablemente en un desbordamiento de generosidad frente a ese deseo incansable que el prójimo tiene de convertirse libremente en ser”. Pero no es tan sencillo, pues el amor es un don desinteresado solo en apariencia. “Dar es esclavizar”. En ciertos aspectos respeto la libertad del otro, me niego a violentarla, pero hago esfuerzos subrepticiamente por hechizarla, por hipnotizarla, por capturarla sin destruirla, como un animal salvaje que se lacea y controla.
Pero el amor, en Sartre, esta condenado al fracaso, por la contradicción que encierra: amar es a la vez amar y desear ser amado, o sea, querer ser al mismo tiempo objeto y sujeto. ¿Qué quedará al final?: el ser para si, aquel que ha hecho la experiencia de estos fracasos, llegará a odiar el prójimo, o sea, buscará afanosamente su propia muerte.

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