Contra la esclavitud. Escritos. Marcelo Zamora, Escritos
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Contra la esclavitud

Publicado: martes, 23 de marzo de 2010

Quizás porque la memoria colectiva no suele ser muy atinada... quién sabe... allá por la época de la conquista de América, el cristianismo permitió y dió su aprobación a uno de los genocidios más brutales de la historia de la humanidad, seguida de un esclavismo sin límites, hastiado de horrendos abusos e impiedad. Pero una hubo algunos cristianos que si tenían memoria colectiva o quizás, tenían el valor suficiente para defender la vida humana y los valores del cristianismo so pena de ser también exterminados luego por esa misma Iglesia aliada del poder y la riqueza y olvidada por completo de su misión en este mundo... Un historia que vale la pena conocer y trasmitir a nuestros hijos y a todos aquellos que la ignoren... LAS MISIONES JESUITAS EN EL NUEVO REINO CUANDO Jorge Juan y Antonio Ulloa, autores de las famosas "Noticias Secretas de América", llegaron al Nuevo Mundo para cumplir su misión científica, no fue pequeña la sorpresa qué les causó la comprobación personal del increíble relajamiento a que había llegado el clero americano. En sus célebres "Noticias Secretas" consagran capítulos enteros a describir la conducta desordenada de los clérigos de los miembros de las Ordenes religiosas, particularmente los franciscanos y dominicos en esas páginas se hallan registrados todos los perniciosos, extremos a que puede llegar el cuerpo sacerdotal, cuando pierde su espíritu de cruzada y se convierte en rutinario oficiante de los actos mecanicos de la liturgia. «Los conventos - dicen Jorge Juan y Ulloa - están sin clausura, y así viven los religiosos en ellos con sus concubinas dentro de las celdas, como aquéllos que las mantienen en sus casas particulares, imitando exactamente a los hombres casados... Todo esto, que parece mucho, es nada en comparación de lo demás que sucede... Lo que se hace más notable es que los conventos están reducidos a públicos burdeles, como sucede en los de poblaciones cortas, y que en las grandes pasan a ser teatro de abominaciones inauditas y execrables vicios, de suerte que hacen titubear el ánimo sobre qué opinión tienen formada los clérigos acerca de la religión o si viven en temor y conocimiento de la fe católica». En el Nuevo Reino, a principios del siglo XVII, el estado de relajamiento moral del clero había llegado ya a límites tan alarmantes, que el Arzobispo Lobo Guerrero decidió acudir a una medida excepcional, a fin de prestar atención a las misiones, completamente abandonadas por los clérigos regulares y las órdenes monásticas. En carta al Rey, decía el prelado: « El más eficaz y en nuestro parecer el único remedio para estos naturales, es que Vuestra Majestad mande enviar la mayor cantidad de padres de la Compañía de Jesús que se pudiere, que por lo menos sean treinta, los cuales se dividan de dos en dos, o de tres en tres, en los pueblos de los indios, donde con diligencia fácilmente aprenden la lengua que otros en muchos años no han comenzado a aprender, y en estos pueblos hagan oficio de curas, hasta que los tengan bien instruidos en la fe y costumbres cristianas, y luego pasen a otro (pueblo) dejando los primeros a clérigos que se creían en el Seminario Arzobispal, o a otros de buena vida, que aunque no sean capaces y suficientes para plantar de nuevo la fe, lo sean para conservarla donde ya estuviere plantada ». Esta solicitud del Arzobispo, transmitida por el Consejo de Indias al General de la Compañía de Jesús, determinó el envío de un número creciente de misioneros al Nuevo Reino, al que habían venido, en tareas exploratorias, unos pocos sacerdotes de la Orden. Los nuevos misioneros y en particular el Padre Dadey se dieron cuenta bien pronto de que las Doctrinas del Reino estaban montadas en una base precaria, dado el escaso interés que habían mostrado las Ordenes religiosas y los clérigos doctrinarios por aprender las lenguas aborígenes y traducir, a los idiomas nativos, los principales textos de la fe católica. El Padre Dadey y sus compañeros empezaron labores en Santa Fe, por tanto, consagrándose al estudio de la lengua chibcha y cuando ya tuvieron conocimiento suficiente de ella, fundaron la cátedra de chibcha en el Colegio de Santa Fe y procedieron a traducir, a dicha lengua, el catecismo y las principales oraciones cristianas. No se crea, sin embargo, que los jesuitas realizaron fácil mente esta labor. A las dificultades a que hubieron de enfrentarse para dominar una lengua primitiva y verter en ella las nociones esenciales de la doctrina cristiana, se sumó la oposición de las Ordenes religiosas rivales, opuestas a la traducción del catecismo a un idioma pagano, cuya burda estructura deformaba su contenido, según decían. Con parecidos obstáculos tropezaron los nuevos misioneros en el curso de todos los esfuerzos que realizaron en la Doctrinas de la Sabana y en zonas más apartadas de los principales centros de población, en las cuales e vieron comprometidos en acres disputas con los Encomenderos y párrocos de las comunidades indígenas. Así se explica la "Información" que hizo levantar el padre Prado, a quien la Compañía envió a tierras de los indios paeces, "Información" que tuvo por objeto dejar constancia, ante sus superiores, de las razones que no le permitían continuar sus tareas evangélicas: «Porque ha muchos años - declaraba el padre Prado - que lo doctrineros de la Compañía de Jesús, corno otros sacerdotes, no hemos podido conseguir el dicho fin, ni es posible, por no ayudar antes estorbar, los dichos Encomenderos; y porque varias veces han salido los padres a buscar remedio, así de los Encomenderos como de las justicias y no lo han hallado, ni es posible hallarse, por ser las justicias, de ordinario, o los mismos Encomenderos o sus hermanos o parientes, ni haber persona que se atreva a declarar como testigo ante un solo escribano por no malquistarse con todos los del Cabildo y Justicias, que son los Encomenderos poderosos, hago esta declaración para que conste a mis superiores como no ha quedado, por negligencia nuestra, el dar asiento a esta misión ». En las doctrinas de la Sabana tocó a los misioneros jesuítas presenciar los abusos a que se prestaban la |mita minera y el |concierto agrario, instituciones cuya naturaleza se había deformado con el tiempo, de manera que muy poca atención se prestaba, en la práctica, a las disposiciones que fijaban las cuotas de los mitayos de cada comunidad indígena y daban las normas atinentes al tratamiento y salarios de los indios concertados. En su carta anual al General de la Orden, decía el Jesuíta Gabriel Melgar: a «Hácense las conducciones de casi todo el Reino, sacándose indios de los pueblos por sus turnos para la labor de las minas, que es trabajosísima, porque además de ser hondísimos los socavones debajo de la tierra, han tenido tendencias esas minas a dar agua, a pocos estadios de labor, con lo cual los miserables que las trabajan no tienen sólo el afán de quebrantar los pedernales que atesoran la plata y estar enterrados en vida debajo de tantos estadios, sino que están día y noche metidos en el agua... Aquí se conoce lo que obra la codicia del dinero y lo imposibles que vence la mal canonizada hambre de plata... Sucede muchas veces, y esto es frecuentísimo, que por no dejar a sus mujeres e hijos a las aventuras de un desamparo en sus tierras, cargan los indios con todas sus familias y en las minas de Santa Ana y Las Lajas viven las desventuradas mujeres y desdichados hijos en tanta miseria, que apenas alcanzan el sustento. Han sido estas minas la principal causa de la mengua de los indios en todo el Reino». La tremenda mortalidad que padecían los indios de las altiplanicies orientales al ser transplantados a las climas mal sanos de las zonas mineras de Occidente, fue reduciendo gradualmente la utilidad de la Mita, y la Corona se vio precisada a adoptar la solución que sugirió Las Casas como un recurso desesperado para salvar, a los indios de su completo exterminio: permitir la importación, en masa, de esclavos africanos, importación que hasta el momento había sido muy limitada. Como sitios obligados para el internamiento de esclavos en las posiciones españolas fueron designados los puertos de Cartagena, Veracruz y Portobelo, y este lucrativo tráfico transformó a Cartagena en uno de los centros cosmopolitas más importantes de América del Sur. El padre jesuita Carlos de Orta, quien llegó a la ciudad por esta época, la describe en los siguientes términos: « En cuanto a forasteros, ninguna ciudad de América tiene tantos como ésta; es un emporio de casi todas las naciones, que de aquí pasan a negociar a Quito, México, Perú y otros reinos; hay oro y plata. Pero la mercancía más en uso en Cartagena de esclavos negros». El pequeño Colegio de los jesuítas en Cartagena se convirtió entonces en el centro de una extraordinaria cruzada en defensa de los infortunados esclavos. En los Archivos del Tribunal de la Inquisición existe, desgraciadamente incompleto, el proceso seguido por el Santo Oficio al padre jesuíta Luis de Frías, por razón del sermón que predicó el primer viernes de cuaresma del año 1614, sermón en el cual formuló la Declaración revolucionaria que los autos del proceso sintetizan así: « Dijo el dicho padre Frías que era mayor pecado dar un bofetón a un moreno (negro) que no a un Cristo, y volviendo a repetir esta razón, dijo y volvió a decir que era mayor pecado dar un bofetón a un moreno, por ser hechura e imagen viva de Dios, que no a aquel Cristo, señalando con la mano al Santo Cristo que está en la Iglesia de esta ciudad, en su altar de la mano derecha del Altar Mayor, porque dar un bofetón a un moreno es dárselo a una imagen viva de Dios y dárselo a un Cristo es a un pedazo de palo o de madera, imagen muerta que tan solo significa lo que es ». Estas palabras fueron calificadas de "sacrílegas" y "malsonantes" y se ordenó la detención del padre Frías para someterlo al correspondiente juicio inquisitorial del Santo Oficio. La perplejidad y disparidad de opiniones que se pusieron de manifiesto en el Tribunal, determinaron el envío del expediente al Consejo de Indias, cuyos jueces eclesiásticos «arrojaron sobre aquellas frases en litigio dice Tejado - tan gran cantidad de citas en latín del Concilio Tridentino, de Santo Tomás y de los Santos Padres, que casi llegan a descubrir en el padre Frías un nuevo Lutero, algún iconoclasta furibundo o un heresiarca de altos vuelos ». Desafortunadamente no ha podido hallarse el proceso completo y se desconoce, por tanto, la decisión final de los jueces del Consejo. Fue al padre jesuíta Alonso de Sandoval, a quien correspondió dar los primeros pasos para organizar una misión entre los negros y a él se debe un libro monumental, escrito en Cartagena y publicado en Sevilla, en el cual realizó un exhaustivo estudio de la esclavitud, sus antecedentes, las características de las razas africanas sujetas a servidumbre, y las técnicas misioneras más adecuadas para evangelizar a los negros. En su obra, titulada "Naturaleza, Policía Sagrada y Profana, Costumbres, Ritos y Catecismo Evangélico de todos los Etíopes", se encuentra uno de los estudios más completos de sociología y etnografía africanas y la descripción caracteriológica de las distintas razas que los negreros, después de sus cacerías en el África Central, conducían a los puertos de Cacheu la isla de Cabo Verde, Sao Thomé y San Pablo de Loanda, en donde los embarcaban con destino a las Antillas y el Norte y Sur del Continente Americano. En Cacheu y Cabo Verde se negociaban los negros de Guinea, Sierra Leona, Gambia y Senegal. Eran los mandigas, los yolof y los fulupos, de los cuales dice Sandoval; « Son los negros que más estiman los españoles, por ser los que más trabajan, los que cuestan más y los comúnmente llamados de ley, de buenos naturales, de agudo ingenio, hermosos y bien dispuestos, alegres de corazón y muy regocijados ». En Sao Thomé se vendían los negros originarios del Sudán. Eran los lucumíes, los minas y los ardas, «altos, robustos - dice Sandoval -, de menor valor que los que hemos nombrado venir de los ríos de Guinea y de mayor valor que los angolas y congos y para mayor trabajo; resisten más las enfermedades ». De San Pablo de Loanda venían los negros batús, procedentes de las tribus malembas, angolas, congos y ángicos. Estos negros, advierte Sandoval, son los "que menos resisten y los que más fácilmente mueren". Se deben también al padre Sandoval verídicos relatos de los padecimientos de los esclavos en los buques negreros, en las prisiones de los puertos de asiento y en el curso de su dolorosa existencia bajo el régimen de la esclavitud. «Cautivos estos negros - dice - |con la justicia que Dios sabe, los echan luego en prisiones asperísimas de donde no salen hasta llegar a este puerto de Cartagena o a otras partes. Y como en la isla de Loanda pasan tanto trabajo y en las cadenas aherrojados tanta miseria y desventura, y el maltratamiento de comida, bebida y pasaría es tan malo, dales tanta tristeza y melancolía que viene a morir el tercio en la navegación, que dura más de dos meses; tan apretados, tan sucios y tan maltratados, que me certifican los mismos que los traen, que vienen de seis en seis, con argollas por los cuellos y de dos en dos con los grillos en los pies, de modo que de pies a cabeza vienen aprisionados debajo de cubierta, cerrados por de fuera, do no ven ni sol ni luna, que no hay español que se atreva a poner la cabeza al escotillón sin marearse, ni a perseverar dentro de una hora sin riesgo de grave enfermedad. Tanta es la hediondez, apretura y miseria de aquel lugar ». Con respecto al tratamiento que recibían los negros de parte de sus dueños, dice el padre Sandoval: « Son sus amos con ellos más fieras que hombres. El tratamiento que les hacen de ordinario por pocas cosas y de bien poca consideración es breados, lardarlos hasta quitarles los cueros y con ellos las vidas con crueles azotes y gravísimos tormentos... Testigos son las informaciones que acerca de ello las justicias cada día hacen, y testigo soy yo que lo he visto algunas veces, haciéndoseme de lástima los ojos fuentes y el corazón un mar de lágrimas... Si el negro es minero, trabaja de sol a sol y también buenos ratos de la noche. Cuando ya levantan la obra, después de haber todo el día cavado al resistidero del sol y a la inclemencia del agua, descansan si tienen en qué y si los inoportunos y crueles mosquitos les dejan, hasta las tres de la mañana que vuelven a la misma tarea. Si el negro es estanciero, casi es lo mismo, pues después de haber todo el día macheteado al sol y al agua, expuesto a los mosquitos y tábanos y lleno de garrapatas, en un arcabuco, que ni aún a comer salen de él, están a la noche rallando yuca, cierta raíz de la que se hace cazabe, pan que llaman de pao, hasta las diez o más con un trabajo tan excesivo que, en muchas partes, para que no lo sientan tanto, les están entreteniendo todo el tiempo con el son de un tamborcillo, como a gusanos de seda ». Aunque el padre Sandoval no trata específicamente en su obra el problema de la legitimidad de la esclavitud, la condena cuando defiende la libertad e igualdad de todos los hombres o cuando refiere la manera como absolvía las consultas que al respecto le formulaban los negros en Cartagena. «Entre todas las cosas humanas - dice Sandoval - ninguna posesión es más rica y hermosa que la libertad... Todo el oro del mundo y todos los haberes de la tierra no son suficiente precio de la humana libertad... Creó Dios libre al hombre no sólo en respeto a los demás hombres, sino en respeto del mismo Dios; pues nos dejó en mano de nuestro libre albedrío para que hiciésemos lo que se nos antojase, siguiendo el mal, el vicio, o la virtud. El bien de la libertad en ninguna cosa se echa más de ver que en los males y trabajos de la servitud... |Con la esclavitud se comienzan todos los daños y trabajos, y una como continua muerte, porque los esclavos viven muriendo y mueren viviendo ». He ahí, aplicada a la condenación de la esclavitud, la ética ignaciana del libre albedrío. Sandoval es aún más categórico cuando trata de absolver las consultas que le formulan los negreros. En una de ellas le fue propuesto el siguiente caso por un capitán portugués « Yo voy por negros al África, paso en el camino muchos trabajos, hago muchos gastos y corro muchos peligros: ¿satisfago yo la justicia de este cautiverio con el trabajo, gastos y peligros que tuve que correr? ». A ello contesta Sandoval en su libro: «Vaya usted desde aquí a la Iglesia de San Francisco que está algo lejos y llegando corte el cordel de la lámpara y llévesela a su casa, y si cuando la justicia le prendiere por ladrón y le quisiere ahorcar, le dejare libre por decirle que no hurtó la lámpara sino que la tomó por satisfacer con ella el trabajo que había pasado en ir de aquí a allá por ella; si por esta razón, como digo, la justicia aprobare la justificación de su trabajo y no le castigare, diré que trae con buena fe a sus negros y que la razón en que se funda es buena ». No obstante lo anterior, la más importante obra del padre Sandoval fue el descubrimiento de la vocación de un joven profeso de la Compañía de Jesús, quien largamente había vacilado en pronunciar los votos finales del sacerdocio, porque no se sentía seguro de la solidez de su vocación. Este joven se llamaba Pedro Claver y tenía una personalidad completa en la que luchaban grandes contradicciones espirituales, cuya solución creyó haber encontrado cuando su maestro en el Colegio Jesuíta de Mallorca, Alonso Rodríguez, le dijo: « No está la perfección del religioso en tener el cuerpo encerrado de pare des, sino en tener el alma acompañada de virtudes ». Pidió entonces que se le enviara a las misiones indígenas de América, pero su resistencia a ordenarse, como era la costumbre de los misioneros enviados al Nuevo Mundo, indica que sus dudas persistían. En Santa Fe y Tunja sus vacilaciones no fueron menores y ello explica que el Provincial de la Compañía le enviara a Cartagena, con la intención, posiblemente, de devolverlo a Europa. Allí se encontraron el teólogo que había protestado contra la esclavitud y el joven jesuita a quien la posteridad llamaría "El Apóstol de los Negros". Sandoval adivinó los conflictos del alma complicada y profunda de Claver y lo situó frente al terrible drama ante el cual descubriría su vocación: el drama de la esclavitud. Como ayudante de Sandoval fue a los buques negreros, entró en las prisiones donde se amontonaban los esclavos antes de ser vendidos y visitó el hospital de San Lázaro, sitio de reclusión de los negros leprosos. En medio de aquellos horribles espectáculos de miseria descubrió Clave; su destino y pidió al padre Sandoval que le preparara para ordenarse. El día 3 de abril de 1662, al pronunciar sus Votos solemnes como sacerdote de la Compañía de Jesús, agregó a ellos la fórmula personalísima que definiría su vida: «Pedro Claver, esclavo de los negros para siempre». Sobre la naturaleza contradictoria de esta alma magnífica, los biógrafos e historiadores se han formulado estas preguntas: «¿Fue un anormal que sufrió por el placer de sufrir? ¿Fue un revolucionario social del siglo XVII que se adelantaba dos Cientos años y clamaba airado por una libertad que excluyera colores y razas? O, ¿ fue. más bien un santo que sin pretenderlo y sistematizarlo teóricamente realizó, en un medio cruel, una transformación sociológica de surcos profundos?». Las discrepancias que se advierten entre los biógrafos de Claver se deben a la inclinación que los ha movido a separar lo que es indisoluble en la personalidad del Apóstol. Los eclesiásticos sólo quieren ver al Santo canonizado por la Iglesia y los marxistas apenas se fijan en el revolucionario. En Pedro Claver esas dos categorías del espíritu se hallan tan entrañablemente mezcladas, que todo intento de aislarlas se traduce en una deformación de su auténtica humanidad. La vida del gran misionero jesuíta de los negros es toda una protesta revolucionaria contra la esclavitud. Las crónicas de la época conservan numerosas pruebas de su indignación Contra los negreros y los dueños de esclavos y ello explica la acusación, que generalmente se le formuló, de ser "hosco en demasía con las clases altas, tratándolas con dureza". En los informes enviados por sus superiores a Roma, se le atribuyes por eso, el defecto de ser colérico y los historiadores más próxima y conocedores de la época coinciden en destacar sus conflictos con los dueños de los esclavos y el odio que ellos le profesaban. «Muchos - dice Fernández - usaron con el padre de grandes demasías; en unos era vivísimo él sentimiento por que ocupara a los esclavos tanto tiempo en los catecismos y confesionales, con que les volvía haraganes y no se hacían buenos. En otros (Claver) trataba a los esclavos con mucha caricia, con lo cual no se volvían piadosos, sino que cobraban bríos para insolencias». Y Andrade, por su parte, agrega: « Le hacían (los amos) la guerra por las caricias y regalos que les hacía a los esclavos; le decían oprobios, injurias y palabras afrentosas, motejándole de imprudente y de que echaba a perder a los esclavos porque con sus favores tomaban alas y se hacían insolentes, y como a enemigo suyo le cerraban las puertas de sus casas y le despedían con desdén». Pedro Claver, el gran apóstol, cuya "blanca mano se posó sobre trescientas mil cabezas negras" luchó y se martirizó durante toda su vida para que su amor por los esclavos fuera más grande que su odio por quienes se beneficiaban del abominable tráfico. Esta lucha de sentimientos le indujo a tratar de vencer el pecado del odio con actos de sacrificio casi inverosímiles y su voto de "ser el esclavo de los negros para siempre" le condujo a identificarse tanto con ellos, que sus mismas convicciones religiosas terminaron por saturarse de un formidable tinte revolucionario, que le daba el carácter de radical protesta contra la sociedad en que vivía. El altar que empleaba Claver para los bautizos y la catequesis de los negros, era toda una representación de su alma y de la misión que se había pro puesto cumplir. Sobre una tela roja colocaba un Cristo doloroso y dramático, todo cubierto de sangré, y a su alrededor situaba unos ángeles negros, símbolos mudos del derecho que, a la bienaventuranza, tenían los negros esclavos. No faltaron, por ello, quiénes le acusaron de prohijar una liturgia negra, como a sus hermanos de la Orden lo acusaron, en Pekín, de inventar una liturgia china, y a los jesuitas del Paraguay los culparon de pronunciar una liturgia guaraní. Pero hubo más; cuando la fama de Santo, de Claver, hizo que su confesionario en la Iglesia de la Compañía se convirtiera en el más solicitado, de la ciudad, no vaciló en dar una significativa lección a la sociedad esclavista de Cartagena. « Su confesionario - dice Manuel Pacheco S. J. - estaba reservado para los negros. Altos personajes como el Regidor don García de Zerpa y Loaysa y doña Jerónima de Urbina, debían esperar a que pasasen antes todos los esclavos si querían confesar con él». Relatar la totalidad de los sacrificios que realizó Claver para defender a los negros y penetrar en el mundo espiritual del esclavo, sobrepasaría la naturaleza de este estudio y nos vamos a limitar, por eso, a referir unos pocos casos de su extra ordinaria abnegación, casos que se conservan en las relaciones de los hermanos de la Orden y de los intérpretes negros que le acompañaban en sus diarias tareas. El hermano Nicolás González dice: «No usaba ningún preservativo, aún en las enfermedades infecciosas; entraba a las casas o a los hospitales de los negros con el rostro alegre como si penetrase en un jardín delicioso; decía que el olor lo confortaba...». Y el mismo hermano agrega: «Yo lo acompañé a un cuarto oscuro donde estaba una enferma negra, en medio de un calor terrible y un olor insoportable. A mí se me alborotó el estómago y me caí por tierra. El Padre Claver, aparentando no sentir nada, me dijo: Hermano mío, retírese. La enferma estaba sobre unos sacos. La viruela había invadido su cuerpo, excepto los ojos. El Padre Claver se arrodilló cerca, sacó de su seno el Cristo e madera que llevaba siempre consigo, y sentado en el suelo la confesó y dio la extremaunción y viendo que la pobre esclava se quejaba por la dureza de los sacos sobre los que yacía, alzó a la negra y la puso sobre el manteo con sus propias manos, le aplicó esencias aromáticas, arregló el lecho y la volvió a poner en su lugar». Por su parte, el médico Adán Lobo relata el siguiente caso: «Era el año de 1645. Estaba de visita en la casa de don Francisco Manuel, en el barrio de Getsemaní. De pronto se oyó en la pieza vecina un grito de mujer: ¡No... no, mi padre, déjeme, no hagáis eso! Un mal pensamiento me atravesó mi espíritu, pues era amigo de Pedro Claver, su admirador, pero me dio una curiosidad malsana. Entré en la pieza rápidamente y algo como un rayo cayó sobre mi alma: vi al Padre Claver lamiéndole las heridas pútridas a una pobre esclava negra. Ella no había podido soportar tanta postración del Padre y ese fue su grito de angustia ». Con respecto a las visitas de Claver al espantoso hospital de San Lázaro, donde estaban recluidos los esclavos leprosos, dice Valtierra S. J.: «Sentado en una piedra oía las confesiones y cuando era fuerte la brisa del mar, cubría a los leprosos con la mitad del manteo, quedando sus rostros juntos. El no tenía miedo a la enfermedad y ellos lo sabían había uno deforme, todos le huían, y él le solía poner sobre sus rodillas y así le confesaba. Esto no era difícil. Allá dentro le esperaban los más miserables. Algunos los tenían, por intolerables, recluidos en un rincón del piso alto, o también en unos bohíos de la huerta; éstos eran precisamente los íntimos de Claver ». Con sobrada razón dice uno de los biógrafos del Santo: «Había que llenar el abismo de miseria con el de la caridad... Era duro, pero aquellos enfermos estaban recién desembarcados y tenían el alma llena de dolor. El blanco era para ellos el flagelador de su vida, el enemigo que les había arrebatado la libertad. Era difícil penetrar en su mundo espiritual lleno de rencor. Sólo ante un hombre de la raza blanca que se entregara a ellos de este modo podían doblegarse». Nada define mejor la plenitud con que Pedro Claver cumplió su misión, que el suceso acaecido poco después de su muerte, a propósito de la estatua, de mármol blanco, que se le erigió en sitio próximo a las murallas de Cartagena. Como el clima y los vientos salobres del mar la oscurecieron rápidamente, todos los negros que iban a verla solían decir con pro funda emoción: « |El Padre Claver debió ser negro, porque un blanco jamás nos hubiera amado tanto ». En la época que nos ocupa empieza ya a evidenciar la decadencia del ímpetu reformador de la Monarquía española y se advierte también que la sociedad granadina ha comenzado a perder el dinamismo y fluidez que la libró, inicialmente, de estancarse en una férrea e injusta estratificación social. Por ello, la acción fresca e idealista de los misioneros jesuítas se miraba como una amenaza, como la actividad intrusa de un cuerpo extraño, que venía a interrumpir el regocijo con que los Encomenderos y propietarios registraban el gradual debilitamiento de la política indigenista de la Corona. Los grandes planteles de educación de los jesuítas, benéficos para la pode rosa oligarquía criolla, eran objeto de unánimes elogios; pero sus empresas misioneras y sus esfuerzos por defender a los indios y a los esclavos tropezaban invariablemente con una barrera de tácita hostilidad. Ello explica por qué, tanto en el Nuevo Reino como en México, el Perú y Buenos Aires, los jesuítas se vieron obligados a retirarse gradualmente hacia las fronteras geográficas de la civilización colonial, hacia los territorios que, por sus características salvajes y la belicosidad de los indios - como California, Mamas, el Amazonas y el Paraguay -, no habían despertado todavía el interés de los pobladores españoles y criollos. En el caso concreto del Nuevo Reino, las misiones de la Compañía de Jesús fueron empujadas hacia los Llanos Orientales, poco codiciados por los pobladores blancos y en los cuales era bien reducida el área ocupada por las Encomiendas. Esta localización, aparentemente desventajosa, constituyó una circunstancia afortunada para los misioneros jesuítas, porque en los vastísimos territorios en que se les dejó asentarse, les sería posible disfrutar, por fin, de la libertad de acción que necesitaban para proyectar en el Nuevo Mundo un régimen social destinado a conseguir el desarrollo económico de los sin introducir, en los mecanismos de ese desarrollo, conceptos como el de "clases elegidas" o el de "razas predestinadas" propios de la ática calvinista. Las bases del sistema fueron entrevistas en las Reducciones del Paraguay y el Uruguay, donde los jesuítas advirtieron la fragilidad del sistema misionero tradicional, en cuyo ámbito la evangelización no libertaba al indio, ni mejora su situación, sino que servía de antesala ceremonial para su completo sojuzgamiento. Ellos indujo a los jesuítas, de acuerdo con el espíritu de la ética ignaciana, a introducir una audaz innovación en el arte misionero cristiano, la cual se encaminaba a vincular las tareas evangélicas con el rápido mejoramiento de las condiciones de vida de los nativos. Así pudieron los jesuítas descubrir y aplicar, en los siglos XVII y XVIII, los principios del desarrollo económico de los pueblos atrasados y en sus misiones en América consiguieron el resultado admirable de hacer coincidir la propagación de la fe con un sorprendente proceso de crecimiento, que permitía a los pueblos aborígenes superar los estadios de la pobreza y entrar de lleno en las etapas de la civilización y la independencia económica. Nada tiene, pues, de extraño, que los jesuítas, al comenzar su labor misionera en los Llanos Orientales del Nuevo Reino, formularan la siguiente advertencia a los Encomenderos y pobladores blancos, advertencia cuyos términos coincidían con la que hicieron los misioneros de la Orden cuando se internaron en las selvas para dar comienzo a las célebres Reducciones guaraníes: «Nosotros no pretendemos - decían los jesuitas oponernos a los aprovechamientos que por las vías legítimas podéis sacar de los indios; pero vosotros sabéis que la intención del Rey jamás ha sido que los miráis como a esclavos, y que la Ley de Dios os lo prohibe. |En cuanto a aquéllos que nos hemos propuesto ganar para Jesucristo, y sobre los que vosotros no tenéis ningún derecho, pues que jamás fueron sometidos por las armas, nosotros vamos a trabajar para hacerlos hombres... Nosotros no creemos que sea permitido atentar contra la libertad, a la que tienen su derecho natural, que ningún título alcanza a controvertir; pero les haremos comprender que por el abuso que hacen de ella, les viene a ser perjudicial, y les enseñaremos a contenerla en sus justos límites ». La gigantesca empresa de civilizar a las numerosas tribus que habitaban los Llanos Orientales del Nuevo Reino, tenía dos etapas obligadas: la exploración de esos vastos territorios salvajes y la reunión de los indígenas en pueblos o Reducciones, en cuya órbita debían adquirir los hábitos de la vida civilizada e ingresar a un tipo de organización económica, designada para emanciparlos de su miseria. Partiendo de sus bases en Chita, Támara y Pauto, los jesuítas comenzaron la explotación de los llanos de Casanare, avanzaron por el Meta, y siguiendo el curso del Orinoco hasta su desembocadura en el Atlántico. Estas exploraciones en las que se hicieron famosos los misioneros José Gumilla, Monte verde, Neira, Román y Rivero, fueron continuadas por la reunión, en "pueblos" de una crecida población indígena, cuyas simpatías supieron ganarse los jesuítas, porque su conducta se inspiro en el principio que el padre Gumilla sintetizaba así: « Para conquistar almas hay que andar con el rostro alegre en las revueltas; todo ha de ser amor y por amor con chicos y grandes y nada de castigos, no sólo de obra, pero ni aún de palabra que sea áspera». En concordancia con la ocupación del Meta y el Orinoco, los discípulos de Loyola se lanzaron, desde Popayán y Quito, a la conquista del Caquetá, el Putumayo y el Amazonas. En esta empresa, cuyas dificultades nunca se ponderarán bastante, descollaron los misioneros jesuitas Juan Lorenzo Lucero, «el mayor hombre - dice Velasco - que en el siglo XVII vio el Reino de Quito », y el padre Samuel Fritz, quien «dejó a la posteridad - anota el notable historiador Daniel Ortega Ricaurte - su admirable mapa del Amazonas, su precioso diario lleno de detalles curiosos y murió en Quito a los 71 años de edad, 42 de los cuales fueron empleados por él en las misiones amazónicas, en la más agitada de las obras de la catequesis del Nuevo Mundo. Fue llamado con toda justicia el Apóstol del Amazonas. De tal manera pudieron los jesuítas realizar descubrimientos geográficos tan sensacionales como el de la comunicación, por agua, entre el Orinoco y el Amazonas y sus Misiones se convirtieron en una gigantesca frontera móvil que custodiaba los intereses de España frente al ambicioso e inteligente imperialismo portugués». «Fácil le hubiera sido España - escribe Hipólito Jerez - quedarse con todo el curso del Amazonas, descubierto por Gonzalo Pizarro, estudia do por Orellana y misionado y colonizado por los jesuitas españoles, hasta las bocas del Río Negro. Allí fundó el padre Fritz, bohemio de nación, hasta treinta y ocho pueblos... Las calumnias contra la Compañía de Jesús fueron la raíz y el origen de que un tercio del Brasil actual no hable castellano y que gran parte de ese tercio de la Amazonía media no sea colombiano ». Los alcances de este plan civilizador no eran el producto de una desmedida voluntad de dominio geográfico o de un apetito de espacios ilimitados, sino que en él se cumplía el emarcamiento gradual del vasto escenario en el cual iba a efectuarse el grán experimento social que los jesuítas comenzaron en el Paraguay y que en los Llanos Orientales, de haber contado con tiempo suficiente, habría adquirido dimensiones extraordinarias. ¿Cómo podría definirse este experimento? Su naturaleza puede apreciarse mejor en las misiones guaraníes, donde él alcanzó su máximo esplendor, pero el estudio de sus desarrollos en los Llanos Orientales permite seguir más detalladamente sus primeras etapas, todavía no desdibujadas por sus brillantes éxitos finales, éxitos que habremos de considerar en el capítulo siguiente, al describir las famosas Reducciones guaraníes. Para apreciar la magnitud de la obra realizada por los discípulos de Loyola en los Llanos Orientales, debemos comenzar por conocer el estado en que se hallaban los aborígenes.Los jesuitas no encontraron una población nativa dotada de un relativo grado de sociabilidad, sino tribus dispersas, que vivían en los estadios de la más cruda barbarie, cuyas lenguas y dialectos eran increíblemente primitivos y sus precarios usos económicos se reducían a la pesca y recolección de frutos. Los achaguas, los giraras, los tunebos, los caribes, los sálivas y chiricoas, andaban desnudos y poseían un ánimo generalmente belicoso, que costó la vida a muchos misioneros. El padre Gumilla hace la siguiente descripción de algunas de las tribus del Orinoco: «La primera noticia que las naciones retiradas tienen de que los hombres se visten, es cuando un misionero entra por primera vez en sus tierras, acompañado de algunos indios ya cristianos y vestidos al uso que requieren aquellos excesivos calores... Todas las naciones de aquellos países, a excepción de muy pocas, se untan desde la coronilla de la cabeza hasta las puntas de los pies, con aceite y achiote Los caberres y muchos caribes usan por gala muchas sartas de dientes y muelas de gente, para dar a entender que son valientes, por ser los despojos que así ostentan de sus enemigos que mataron; con estos adornos y su macana en una mano y la flauta, llamada fatuto en la otra, salen los indios engalanados para los días ordinarios». Enfrentados los misioneros a este dramático primitivismo, no se limitaron a familiarizar a los indígenas con las formas externas del culto católico, ni se propusieron quebrar su indómita independencia para sojuzgados a los pobladores blancos, sino que dieron comienzo a la difícil tarea de construir, con aquellos precarios materiales humanos, las bases de un nuevo tipo de sociedad. El padre jesuíta Gumilla sintetizaba, en los términos siguientes los principios elementales, de carácter social y económico, que debían seguirse para abrir las puertas de la civilización a los aborígenes: Al principio - dice en su obra "El Orinoco Ilustrado" - parte pagando y parte rogando, consiga el misionero |que la colectividad de los indios, en forma con junta, haga una sementera cuantiosa, y en ella un platanal grande para los muchachos de la escuela, porque es cosa muy importante, y no sólo sirve para los chicos de la escuela, sino también para las viudas pobres, para los huérfanos y para los enfermos; y sucede que viendo los indios cuán bien se emplean aquellos frutos, renuevan con gusto la sementera común en adelante. «El atractivo más eficaz para establecer un pueblo nuevo y afianzar en él las familias salvajes, es buscar un herrero y armar una fragua porque es mucha la afición que tienen los indios a este oficio, |por la grande utilidad que les da el uso de las herramientas que antes ignoraban. Todos quisieran aprender el oficio y muchos se aplican y le aprenden muy bien. « |No importa menos buscar uno o más tejedores de los pueblos ya establecidos para que tejan allí el hilo que traen de ellos, porque la curiosidad los atrae a ver urdir y tejer, y el ver vestidos a los oficiales y a sus mujeres les va excitando el deseo de vestirse y se aplican a hilar algodón, que abunda, y del que finalmente se visten ». «La fábula de Orfeo, de quien fingió la Antigüedad que con la música atraía las piedras, se verifica con ventaja en las misiones de estos hombres, porque es cosa reparable cuanto les encanta y embelesa la música... Así, una de las primeras diligencias de la fundación del nuevo pueblo, ha de ser conseguir un maestro de solfeo de otro pueblo antiguo, y establecer escuela de música para dicho fin». En estas frases, en forma elemental y somera, están con tenidos los principios orgánicos del régimen económico de las misiones jesuítas. Su punto de partida, desde el cual se originaba toda la dinámica de su desarrollo, residía en el cultivo en común de una vasta zona de los territorios de cada misión, cuyos productos debían destinarse a satisfacer las necesidades de la colectividad, a proveer de lo necesario a las viudas, los niños y los incapaces, y a venderse sus remanentes, en las áreas externas de la misión, a fin de adquirir, en forma gradual, los elementos indispensables para la vida civilizada. Por ello las tierras fueron divididas, en las Reducciones jesuitas, en dos grandes porciones: una primera, la más extensa, se llamada Campo de Dios, debía trabajarse en común y sus frutos se guardaban en los graneros de la comunidad, para destinados a fines de beneficio colectivo. La otra zona, más pequeña, se denominaba Campo del Hombre, y estaba dividida en lotes, que detentaban individualmente los miembros de la Comunidad, sin derecho a venderlos o negociar con ellos, aunque sus frutos les pertenecían. En las primeras etapas de la organización de las Misiones, los indios debieron consagrar gran parte de su tiempo al cultivo de los Campos de Dios, porque sus productos constituían la base del capital social que habría de permitir las inversiones exigidas por e! proceso de desarrollo económico. Esos productos se almacenaban en enramadas, llamadas Graneros Públicos, y en considerable proporción se vendían en el área de la economía colonial o en el extranjero, a fin de adquirir las telas, vestidos, sombreros, semillas, herramientas de labranza y construcción que se requerían para incorporar a los indios a los usos de la vida civilizada. Lo que podríamos llamar los "instrumentos de producción" - como los arados, las bestias de carga y las yuntas de bueyes -, se consideraban de propiedad pública y para su empleo de un orden de prioridades, fijado por los misioneros. Todos los indios recibían, a su vez, una cantidad igual de bienes de consumo, normalmente superior a la que conocieron en su anterior vida salvaje, cantidad que fue aumentándose en la medida que lo permitió el incremento de la riqueza social de las Misiones. « La institución social del comunismo de bienes en las misiones jesuítas dice el historiador Plaza - consultaba el genio indolente de los indios, que abrigando una aversión casi invencible al trabajo y a las artes pacíficas, les preparaba el medio de ir desarraigando en ellos la pereza consuetudinaria y de adquirir hábitos de laboriosidad a la presencia de las ventajas que ésta les reportaba... Los trabajos y afanes de estos operarios (los misioneros) en los inmensos desiertos y bosques del Meta, del Orinoco, del Marañón y otros, son casi portentosos. Sin recursos, sin auxilios de parte de las autoridades, que los miraban con concentrada ojeriza, ellos con la cruz civilizadora triunfaron de la naturaleza y de los hombres. Los indios se les presentaban desnudos, sin tener que ofrecer nada, antes solicitando dádivas. En poco tiempo se regulariza la asociación, la tribu pierde sus instintos de ferocidad, adquiere hábitos de trabajo y de fraternidad. Se descuajan los bosques, se levantan nuevas plantaciones la naturaleza se anima, sonríe y cambia de aspecto; a la desnudez se sucede la industria fabril que teje los vestidos; a la privación de buenos alimentos, el campo labrado ofrece rica y abundante cosecha; y al espíritu de independencia cerril y las costumbres de sangre, sobreviene el sentimiento de asociación humana ». Para incrementar la productividad de la economía misionera, los jesuitas introdujeron pronto una conveniente división del trabajo entre las tres grandes zonas en que se dividían las Misiones llaneras: al tiempo que las de Casanare comenzaron a especializarse en la producción de textiles, los cuales llegaron a dominar el comercio del Reino, en las del Meta se acentuó la importancia de la producción de alimentos y se fundaron grandes hatos de ganado vacuno, cuyas carnes se destinaron a abastecer el consumo de las provincias de Santa Fe y Tunja; por su parte, las Reducciones del Orinoco se especializaron gradualmente en la explotación de frutos tropicales, como el cacao, la canela, la vainilla, los aceites y grasas vegetales, que se exportaban por el curso del río al extranjero, a fin de adquirir, con su venta, los elementos requeridos para acelerar el desarrollo económico. Los avances logrados por los misioneros de la Compañía en este sentido fueron revolucionarios, no sólo por la explotación intensiva de los cacaotales salvajes, los bosques de quina, el añil y la tagua, sino por la aclimatación de plantas que tendrían un papel decisivo en la historia nacional. Por ejemplo, las primeras matas de café plantadas en territorio del Nuevo Reino de. Granada, lo fueron por el misionero jesuíta José Gumilla, quien las sembró en la región comprendida entre los ríos Guárico y Apure, desde donde se extendió al Brasil. «El café - dice Gumilla en "El Orinoco Ilustrado" -, fruto tan apreciable, yo mismo lo sembró y creció de modo que se vio ser en aquella tierra muy a propósito para dar copiosas cosechas de ese fruto». Una de las primeras preocupaciones de los misioneros jesuitas fue la de familiarizar a los indios con las artes mecánicas, a fin de capacitarlos para el manejo de los artefactos de la pequeña industria. Desde temprano se establecieron, en las, Reducciones, escuelas y talleres de oficios, donde los indios aprendían a manejar tornos, sierras, fraguas, telares y se hacían expertos en carpintería, escultura, fundición y sastrería. La industria de textiles, que tuvo su centro en las misiones de Morcote y Támara, constituyó, por ejemplo, una verdadera innovación dentro de la rutina de la economía colonial; sus productos abastecieron el consumo de extensas regiones y desplaza ron gradualmente del comercio a los con importadores de géneros españoles, lo que explica su hostilidad contra los misioneros de la Compañía de Jesús. De esta industria quedó, como recuerdo, la famosa copla que cantaban los indios hiladores de las misiones llaneras: «En Morcote y Támara nacidos para hilar con trabajo el tafetán, hoy somos reyes de la industria unidos que hilamos seda más rica que el olán». En la medida que la capacitación del personal humano do permitió, comenzaron a mejorarse las primitivas construcciones de los pueblos y en algunas de las Misiones se sentaron las bases para un progreso urbano, cuyo desarrollo, de no haberse interrumpido, habría permitido avances semejantes a los que se vieron en las Reducciones guaraníes En la plaza central de los pueblos se levantaba la Iglesia, de materiales débiles pero bien ornamentada; a su lado estaban la Casa Municipal, los graneros públicos, y la residencia de los misioneros. Las calleran generalmente rectas y las casas de habitación de los indios, dé construcción regular, edificadas con los materia les de la región y en algunas ocasiones dispuestas de manera que pudieran ser habitadas colectivamente por varias familias. Existían, además, una policía indígena encargada de la guarda del orden público y la custodia de las más estrictas normas de higiene, porque los misioneros atribuían gran importancia a la sanidad general de las poblaciones. Como los misioneros jesuítas conocían los principales dialectos aborígenes, la catequesis, la enseñanza y las funciones teatrales se efectuaban generalmente en los idiomas nativos. « Entre pampas y maniguas - dice un cronista - el padre jesuita Neira escribía catecismos achaguas, comedias y autos sacramentales en los idiomas aborígenes ». Con sobrada razón decía el jesuíta Jerez, al comentar los sorprendentes progresos de las misiones orientales en el siglo XVIII: « El arado había transformado en belios granales la bravía naturaleza del bosque; en las laderas verdeguean las mieses; hay industria que explota fibras nuevas para el vestido; los sálivas y chíricoas han fijado su hogar, y el trabajo constante e industrioso les ha elevado a la categoría de tribus productoras; tienen la noción del pequeño capital y del ahorro... Lo que los socialistas siguen soñando siempre en sus modernos falansterios, se ha realizado allí, como un milagro de amor y sin necesidad de palabras utópicas... Esa era la realidad de una nueva y pequeña democracia llanera, inventada por los misioneros, que son su cabeza y su corazón » El rápido aumento de la productividad económica de las misiones y las perspectivas ilimitadas que ofrecían los llanos, en la medida que sus potencialidades humanas y económicas se incorporaban al proceso de desarrollo, indujo a los padres de la Compañía a concebir el grandioso proyecto que el historiador Plaza describe así : El portento de estas creaciones era la obra del espíritu de asociación y de un sistema económico y filantrópico conducido por la mano firme de la inteligencia y de la prudencia: |La idea de establecer una escala de comunicaciones mercantiles desde las márgenes del Meta hasta las posesiones portuguesas y las aguas del Atlántico, surcando el Orinoco y el Amazonas, proyectada por los jesuítas, espantó al Gabinete de Madrid y aceleró la muerte del Instituto. Este plan portentosamente civilizador, hubiera variado la faz del continente sudamericano». Como ocurre en toda empresa de desarrollo económico, los misioneros jesuítas se vieron obligados a tomar difíciles decisiones sobre los porcentajes del capital social de las misiones que debían destinarse al consumo y mejoramiento de las condiciones de vida de los indios, por una parte, y las inversiones requeridas para acelerar y diversificar el desarrollo, por la otra. Se trataba concretamente de determinar en qué pro porción los productos de los llamados Campos de Dios, trabajados colectivamente por los indios, debían emplearse como capital de inversión o como bienes de consumo. Aunque una fría apreciación de los hechos aconsejara dar preferencia a la inversión, los jesuítas no se limitaron a considerar el problema desde un punto de vista estrictamente pragmático, incompatible con la esencia de un sistema misionero que establecía un vínculo estrecho entre la propagación de la fe y el mejoramiento de las condiciones de vida de los indígenas. Ello explica, por ejemplo, la sencillez de las Iglesias en las Reducciones del Nuevo Reino y el Paraguay, sencillez que ha servido a los enemigos de la Orden para restarle magnitud a sus tareas misioneras. El argumento no puede ser más peregrino; si los jesuítas no hicieron grandes inversiones en las Iglesias Misionales, ello se debió a su decisión de emplear el mayor volumen de capital, social en inversiones destinadas al desarrollo económico. Y debe advertirse, también, que los misioneros de la Compañía se resistieron a deprimir, radicalmente, en beneficio del desarrollo, el nivel de vida de los indios y trataron de encontrar eficaces sucedáneos para aumentar el volumen de las inversiones sin interrumpir el aumento gradual del con sumo de los aborígenes. Tal fue el origen de las famosas "Haciendas" de los jesuítas, haciendas que operaban dentro del área de la economía colonial, seguían sus leyes y derivaban de ella sus ganancias, aunque sus utilidades se destinaban a mantener los Colegios de la Orden, donde se daba enseñanza gratuitamente, y sobre todo a "prestar" a las misiones el capital que requerían para acelerar el proceso de crecimiento. Las Haciendas de los jesuitas se montaren, por lo general, sobre la base de grandes adjudicaciones de tierras realengas y en no pocas ocasiones fueron el fruto de legados recibidos por la Compañía. Esas Haciendas sólo se distinguían de las propiedades de los españoles y criollos por su elevada productividad, resultado de la introducción de los más modernos métodos de cultivo. Las haciendas situadas en los llanos se trabajaban, durante períodos limitados de tiempo, por los indios de las Reducciones, los cuales percibían sus correspondientes salarios, de acuerdo con los mandatos de las Leyes de Indias. Las utilidades de las Haciendas pertenecían a la Orden, eran administradas por su Procuraduría y servían de fondo móvil para conceder préstamos a las misiones, préstamos que se contabilizaban estrictamente y que ellas estaban obligadas a devolver cuando sus condiciones económicas lo permitieran. Como proporcionar esos fondos a las Reducciones era una de las finalidades esenciales de las Haciendas de los llanos, los jesuítas adoptaron, al final, el sistema de traspasar a propiedad de ellas a las distintas Reducciones. Cuando se decretó la expulsión de la Compañía de los dominios americanos, el Gobernador de los Llanos, Francisco Domínguez, hizo la siguiente relación, en su informe a las autoridades, de la naturaleza y funciones de las Haciendas jesuítas en los Llanos: «El Hato de Beyotes - dice como los otros de su naturaleza en los demás pueblos de la misión de Casanare, que estuvo al cuidado de los extinguidos jesuítas, lo fundaron éstos con cortos fondos propios, destinando sus productos indistintamente, y según ocurría, para bienes de los indios en común, adorno de las iglesias, gastos de fábrica, etc., reservando en sí, dichos extinguidos jesuítas, el derecho de propiedad de los citados hatos, hasta que determinaron cederlos a cada pueblo respectivamente como lo hicieron antes, y lo repitieron en el año pasado de 1739, siendo Provincial el Padre Tomás Casanova. Fueron aumentándose dichos hatos considerablemente, a diligencias del prolijo cuidado de los curas jesuítas y trabajo de los indios que servían de mayordomos, vaqueros, etc. De los mismos productos (de los hatos) se proveyó a los pueblos para el común, de carpinteros, herreros, escuelas y música, y al propio tiempo se les asistía a los enfermos con lo necesario, y a los sanos con ropa y utensilios para sus labores, manteniéndose de carne de dichos hatos cuando trabajaban en alguna obra común, a beneficio del pueblo ». Las demandas propias del acelerado proceso de desarrollo de las misiones orientales sobrepasaron pronto las disponibilidades de capital de las mencionadas Haciendas, y los jesuítas, para mantener su ritmo de desarrollo sin deprimir el consumo de los indígenas, acudieron a un nuevo procedimiento. el cual les suscitó la más pugna oposición por parte de la oligarquía territorial del Reino y los gobernantes españoles: con estímulos oportunos lograron canalizar los ahorros de la economía colonial hacia las empresas de la Orden que operaban en el área de dicha economía. De esta manera, una considerable masa de capitales ociosos vino a incrementar los recursos financieros de que podía disponer la Compañía para acelerar el desarrollo de las misiones de los Llanos. En el famoso Informe Secreto del Mariscal Alvarado, informe que se utilizó como una de las piezas justificativas de la Pragmática de expulsión, afirmaba el Mariscal: «Apenas habrá en las indias veinte sujetos que no prefieran las cajas de la Procuraduría de los padres jesuítas a la casa de comercio más acreditada, y quieran mejor tener su dinero sin usufructuario en la Compañía de Jesús, que con utilidad en otros. El fenómeno que el Mariscal Alvarado, predispuesto notablemente contra los jesuítas, trataba de relevar en su Informe era el rápido desplazamiento de las disponibilidades de capital desde el marco de la ineficiente economía colonial, fundador en la Encomienda y el latifundio improductivo, hacia el área dinámica de la economía misionera. Este traslado de recursos de un sistema productivo al otro causó sorpresa e indignación en muchos sectores sociales de la Colonia, porque él carecía de antecedentes y desde entonces no ha tenido sucesores. En la medida en que las Misiones pudieron asentarse sólidamente en las márgenes del Meta y el Orinoco, les fue preciso enfrentarse a la amenaza de las belicosas tribus caribes y a las incursiones constantes de los piratas holandeses, qué regularmente se internaban por el curso del Orinoco en busca de cueros, frutos tropicales y lucrativos cambios con los indígenas. Este tipo de amenazas externas obligó a los misioneros, a la postre, a organizar milicias indias permanentes, uniformadas y sujetas a un riguroso entrenamiento militar. Su principal núcleo lo formaban cuerpos de caballería volante, de gran movilidad, cuya oficialidad recibió instrucción especial en cuestiones de táctica y estrategia. Este pequeño ejército de la democracia llanera, fue dividido, en sus distintos acantonamientos, en dos partidos, que lidiaban entre sí, en las maniobras y festividades religiosas, espectaculares simulacros de batalla, en medio del entusiasmo y regocijo de la población de las Reducciones. Tales milicias fueron equipadas también con artillería, en cuya fabricación se puso de patente el ingenio de los discípulos de Loyola. Los cañones se fabricaban en las Misiones con grandes cañas de guaduas, forradas de cuero de res para darles consistencia, y no obstante que tales materiales no soportaban más de diez disparos, su extraordinaria abundancia en los llanos hacía fácil y nada costoso su reemplazo continuo. En las Reducciones y en los célebres fortines de San Ignacio y San Javier, construidos en el Bajo Orinoco por los misioneros, existían grandes depósitos de esas guaduas forradas en cuero, las cuales se montaban sobre los armazones de madera, provistos de ruedas, cuando los tubos usados estaban a punto de resquebrajarse. Tales fueron, a grandes rasgos, las realizaciones de las misiones jesuitas en los Llanos, cuyo desarrollo natural se truncó por la expulsión de la Compañía de los dominios americanos. Esas realizaciones constituyen un notable esfuerzo para conseguir el desarrollo económico de pueblos que vivían en esta dios del mayor primitivismo y sus resultados sólo fueron superados por los éxitos de las Reducciones guaraníes de la Orden, que dieron comienzo a sus actividades con medio siglo de anterioridad las Misiones de los Llanos puede seguirse la naturaleza del experimento jesuita en sus etapas iniciales, cuando se enfrentaba a la naturaleza bravía y la ignorancia y completo primitivismo de los aborígenes... Sus limitaciones son las limitaciones propias de todo comienzo y sus balbuceos revelan las dificultades tremendas que debe vencer todo proceso de desarrollo para romper el círculo de hierro de la miseria y el atraso. En cambio, en las Reducciones Guaraníes vamos a presenciar el funcionamiento del sistema en sus etapas más elaboradas, etapas que nos permitirán comprender hasta dónde avanzaron los misioneros jesuítas en su audaz búsqueda de las soluciones más adecuadas para el doble problema de la justicia social y el desarrollo económico de los pueblos atrasados. Fuente: http://www.lablaa.org/blaavirtual/historia/cseii/cseii03.htm ¿Dónde están ahora los que deberían luchar pacíficamente y con ideas y fe contra el abuso deshonesto que se hace sobre las poblaciones empobrecidas de América...?

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