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Con historia se da fruto

Para la supervivencia solo existen dos tipos de criaturas, las que sobreviven y las que no…

Publicado: domingo, 6 de noviembre de 2016

Con historia se da fruto. Para la supervivencia solo existen dos tipos de criaturas, las que sobreviven y las que no…

"Ver lo invisible, oír lo inaudible." Arthur Rimbaud

Miro el pequeño arbolito y pienso…

Para dar este fruto debió soportar tormentas y sequías, debió alzarse desde el suelo siendo una humilde semilla, un brote frágil que pudo ser pisoteado o devorado… debió luchar por años para ganar las fuerzas necesarias para  alcanzar la culminación de su propósito.

Para dar este fruto debió soportar el ataque de las hormigas… y arrancar de nuevo con los tallos pelados… Debió confiar que sus flores atraerían a las abejas… y sin ninguna seguridad de nada florecer al máximo sus pétalos y aromos.

Debió ser fuerte, muy fuerte… no por su fuerza o su tamaño. Debió ser fuerte su instinto de supervivencia… su energía vital para seguir su destino sin rendirse ante todos los contratiempos que haya sufrido… fuerte para aceptar dar todo sin la certeza de saber si alguna vez llegaría a cumplir su destino o sería otro más de tantos que van quedando en el camino…

Los humanos no somos árboles… pero en mucho compartimos los mismos desafíos porque para la supervivencia solo hay dos tipos de criaturas, las que sobreviven y las que no…

Y pensaba que para lograr nuestros objetivos tal vez no sea necesario que seamos los más fuertes, ni los más sagaces, ni los más inteligentes, ni los más instruidos… Todo eso será necesario para conseguir las condiciones indispensables pero desde mi humilde punto de vista me parece comprender que la pieza central necesaria y condicionante, fundamental y primera sin la cual nada de todo lo demás ha de ser más que anécdota de quien se haya rendido… es la voluntad.

“No hay destino que no se venza con el desprecio” afirmó Albert Camus. Queda la pregunta entonces ¿qué es aquello que debe despreciar quien se aventure a vencer su destino…? el pobre que quiera salir de la miseria… el enfermo que quiera sanar… el vencido que quiera volver a luchar… el desterrado que quiera en su cuerpo volver a morar… el adicto que quiera recuperar su vida… el que haya perdido el amor… el que se sienta aplastado por la rutina y una vida chata y con escaso sentido… y tantos ejemplos más…

Sabido y pregonado es que llegan a los bordes de sus horizontes aquellos capaces de sobreponerse una y otra vez a sus fracasos, aquellos que deciden ignorar su dolor para seguir hacia sus sueños… aquellos que desprecian el destino, insistiendo una y otra vez, desconociendo deliberadamente al temor que les aprisiona el corazón… Esas personas que parecen superdotadas o invencibles, héroes o santos que en realidad saben arrastrarse para seguir cuando están en el suelo y volver a levantarse como si el pasado no existiere cuando algún golpe brutal los ha sacudido…

¿Pero qué fuego sagrado llevan esos corazones capaces de levantarse de todas sus ruinas y muchas veces sin haber sanado aún andar soñando de nuevo como alcanzar sus objetivos?

Es fácil decir voluntad. Pero la voluntad siendo algo donde participa lo racional y cognitivo, la fe y el convencimiento requiere de algo más… ¿de dónde obtener la tremenda energía que demanda hacer lo que sea cuando no hay deseos ya de hacer nada? Porque… ¿quién es el vencido sino aquel que ya no puede encontrar fuerzas para salir del vacío en el que lo ha sumido el fracaso, la pena, la ausencia, el dolor, el hastío, la tristeza o peor aún la indiferencia a sí mismo….?

Muchos hablan de voluntad y de la alegría del Espíritu… ¿Qué alegría puede aceptar quien siente que su vida ya no tiene sentido? Y allí la fe que es todo pero es nada también es la única explicación que da estas cosas sentido y que nos hacer enfrentarnos el increíble hecho de alguien sacrificándose a sí mismo para llevar alimento, ropa o simple consuelo a quienes han perdido las ansias de seguir vivos.

Por absurdo que parezca esto… la vida en sí tiene esa fuerza… hay algo que es común a todos los seres vivos… esa fuerza irracional de contradecir el orden de lo establecido. Donde el universo tiende al mayor desorden… al equilibrio, la vida contradice eso y crea desequilibrios que luego re-equilibra en cadenas alimentarias… pero cada ser vivo en sí contradice el orden universal creando orden donde todo tiende a ser caos.

¿Qué fuerza es esta que muchas veces sólo llamamos vida a falta de comprender que es realmente?

Desde la fe podemos llamarla Creación. Y la creación sólo tiene un porque. El amor del Creador.

Si nos limitamos a lo que la episteme es capaz de revelarnos, entonces puede que podamos afirmar que el instinto de auto conservación es una fuerza muy poderosa en todo el orden de la vida. No hay nada más fuerte en la vida de cualquier individuo que esta fuerza. Y que podemos inferir y mucho ya ha sido demostrado que el fin último de cada vida es ni más ni menos que la reproducción.

Es en la reproducción que los seres vivos vencemos a la muerte. Para los humanos no todo es tan sencillo… todo se mezcla… la palabra confunde, aclara, instituye, abre y cierra…

La psique humana debe luchar entre dos fuerzas nos dice Freud en Jenseits des Lustprinzips de 1920 (Más allá del principio de placer). De un lado la pulsión es la vida, la autoconservación, y del otro lado la pulsión de muerte.
La voluntad entonces creo que debe hallar su energía en esa pulsión de vida. Y si volvemos a los orígenes esa pulsión es parte del instinto propio de auto conservación que todos los seres vivos poseemos.

Y aclarando que este recorrido nada guarda de académico sino que se basa puramente en lo instintivo… creo no estar equivocado sin por esto tener que demostrarlo que la fuerza que mueve la voluntad es el amor…

Por amor a su propia vida sigue caminando el extenuado en medio de un desierto con la esperanza de sobrevivir…

Por amor a sus hijos renuncia a la vida el adulto y se la pasa trabajando para darle lo mejor a ellos.

Por amor al que sufre vive el idealista… por amor a la vida sigue quien todo lo ha perdido… y así cientos de formas diferentes pueden explicar porque unos pueden seguir donde otros se rinden… y encontraremos siempre que la diferencia la hace el amor…

Y comienzo a comprender más profundamente entonces esa palabra sagrada que nos alerta que si no somos amor, no somos nada… ya no solo hacia los demás, sino y primeramente hacia nosotros mismos… porque ¿cómo podemos amar a otro si no nos amamos a nosotros mismos…?

Ya Albert Einstein tuvo esta corazonada y llegó a decirla para sorpresa de tantos… que no existe fuerza más poderosa en el universo que el amor. Y de seguro se habrá referido a la fuerza íntima de la vida…

“Esta fuerza universal es el amor. Cuando los científicos buscaban una teoría unificada del universo olvidaron la más invisible y poderosa de las fuerzas. El Amor es Luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. El Amor es gravedad, porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras.”

Y trato de imaginarme lo mal que concebimos entonces al amor… porque todos aseguraríamos sin dudar y sin sonrojarnos que en un árbol, en un insecto, en un pez, no hay amor… Y con esto quiero decir que ya no es necesario creer en un Creador para sostener que la vida es amor y que en toda forma de vida la fuerza motriz de todo es el amor… Ojalá me explique de manera inteligible…

Creemos que el amor es sólo del orden de lo humano… Suponemos que la voluntad es sólo del orden de lo humano.

Hoy no me siento tan seguro de eso…

Tal vez mis argumentos sean pobres para demostrarlo, después de todo esto no es un postulado científico… es una impresión… un intento de hacer palabras lo que me ha dicho el fruto al contemplarlo y que por cierto me ha demandado un gran esfuerzo vencer mis propios prejuicios para poder tratar de esbozarlo en la injusta pobreza de las palabras y los pensamientos…

Todo es nada si no puedo seguir contemplando la inimaginable ingeniería de la vida… y frente a ese pequeño arbolito no me queda ninguna duda…

Pequeño y frágil como se lo ve… para dar este fruto debió ser esperanza, en cada respiro de su vida…

Marcelo Zamora, 6 de noviembre de 2016

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