Aroma a Jazmín. Escritos. Marcelo Zamora, Escritos
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Aroma a Jazmín

Aquel sol moribundo se desperdigaba bajo una brisa antártica que olía a estero... olía a fines de invierno...

Publicado: miércoles, 5 de octubre de 2016

Aroma a Jazmín. Aquel sol moribundo se desperdigaba bajo una brisa antártica que olía a estero... olía a fines de invierno...

Gracias a la ahora psicoanalista Verónica B este escrito sobrevivió allá por 1997 de ser arrojado al cesto de mis disconformidades. Mi agradecimiento especial a ella.

Venía desde un ocaso agrietado por las sombras de árboles diminutos. Su silueta se agigantaba para pronto esfumarse en cuanto la mismísima luz rojiza desapareciere desdibujando las formas en halos inquietos.
Sin nada que perder ya, gozaba de una suerte de abandono total a seguir vivo, seguir adelante donde morir podría parecer, más que perder, una extraña manera de ganar...

Los rayos distantes se hundían en aquella tierra de pasiones moribundas, paraje imponente... e impotente a la vez ante cada lluvia de mayo. Los aguaceros interminables e inevitables de otoño anegaban el verdor del casi pantanoso llano simulando un inmenso río, con la furia capaz de devorarse cualquier castillo que los hombres erigieren tozudamente, una y otra vez, sobre las arenas de los sueños.

Aquel sol moribundo se desperdigaba bajo una brisa antártica que olía a estero... olía a fines de invierno... olía a comienzo fértil de vida tras el ahogo devastador de los silencios que dejaba con eterna y puntual recurrencia la devastadora corriente de la creciente. Preludio de extinción arrastrando tras su caos las primeras oleadas de viento polar.

Su sosiego de hombre errante encalaba por el llano pegajoso, desnudando surcos de historia en su rostro. La marcha se confesaba tan inerte como su voz mutilada, pero esa apariencia engañosa resguardaba las fuerzas de las promesas que el movimiento de las piernas cansadas sostenía en cada desafiante y aturdido intento de no rendirse. De ninguna manera garantizaba con tamaña terquedad la realización de lo anhelado pero al menos disipaba la culpa y se mantenía en pie...
Sin reparar en costes suponía que seguir adelante era la única forma de no quedarse sepultado junto a todo lo que parecía perecer cuando el diluvio de cada otoño se devoraba la tierra. El verde impetuoso que rebrotaría en los finales de los húmedos inviernos le había enseñado que nada muere del todo aunque el presente estafe con la fatalidad la percepción del tiempo.

Mediodías intensamente celestes se entrecruzaban a veces como manifiesto vivo del pasado que, supuesto como lejano, persistía apareciéndosele en las ideas en cualquier momento y lugar; persistía quizás para limitar la absurda pretensión de omnipotencia que suele arrogarse el presente.

Las preguntas por lo injusto ya habían sido devoradas por el olvido, y sólo perduraba de ellas un impulso incontrolable que lo forzaba a levantar nuevas escaleras hacia lo inalcanzable. A pesar de tanto absurdo, sus escaladas eran más que mera inercia... quizás esos errantes decursos lo premiaran alguna vez con algún reencuentro con lo que empezaba a creer que jamás había sentido aunque lo penara como perdido. Con los ojos entrecerrados, y los oídos aturdidos de tanto perturbador mutismo, siguió su sin sentido hacia donde fuere que entibiara la contingencia de las yemas tiernas brotando... Hacia donde los renacimientos de la primavera le repitieren aquellas promesas nunca encontradas más que en las fisuras de las ilusiones desesperadas que le empequeñecían los iris hasta la ceguera, ensueños gritones que le martillaban los tímpanos hasta el aturdimiento ante el sólo sonido de unas palabras.

Parido por ese mundo feroz y ciclotímico, donde vida y muerte de conjugaban en un todo previsible pero inevitable, viajaba hacia los llanos calmos del norte sin hallar en esos escapes más que la temporal serenidad de una distancia capaz de anestesiar. Algo lo devolvía a su carne, su piedra, su tierra...

Tal vez porque la resistencia se debilitaba con los años los escapes iban alargándose en tiempo y distancias. Y como casualidad, - que en todo era causalidad -, llegaría a las praderas doradas...

Esa infinitud de trigales era como una visión, el desbordamiento de la vida se apropiaba del horizonte mismo... los colonos se desperdigaban en aquel océano amarillo y la sensación de la armonía asaltaba su cuerpo acostumbrado al ímpetu fugaz del barro y los espinos.

Quiso que sus pies callosos percibieran aquella fertilidad y mientras se embelesaba con el placer del humus mesuradamente húmedo entre sus dedos una de las mujeres fue acercándose.

Una mirada femenina siempre había sido un pasadizo rápido a la belleza, sin embargo hacía años que las vistas eran demasiado superficiales y grotescas... Pero esta mujer reflejaba su mundo con la sencillez de una expresión afable y discreta.

Esa mujer envuelta en lienzos percudidos de trabajo parecía captar lo necesario con sólo escuchar con su alma los gritos del cuerpo hastiado de este hombre huyendo de sí mismo...

Era acción de la fortuna, - creyó -, esa mirada de mujer, de íntegra profundidad. Era acción de la fortuna, - creyó -, la visión de ese trigal cuidado con tanta dedicación. Era acción de la fortuna, - creyó -, la pasión moderada y perenne de aquella labradora de pecho sabio...

Las lunas nítidas se sucedieron en sudor y alucinatoria completud pero el movimiento le reclamaría el regreso a sus tierras bajas.

Deseaba quedarse pero algo lo impelía a regresar a su mundo.

_ ¿Sabés qué hace prosperar los trigales? Le preguntó ella apenas abriendo los labios.

_ La fertilidad... el trabajo. Contestó él.

_ No sólo eso... todo lo que hacen tus manos, todo lo que dés o dejés de dar, toda la voluntad e inquietud, toda la pasión y fortaleza, toda la entrega y perseverancia dependen de algo más profundo, algo que sólo tu alma puede dar o darte...

_ Esa disposición de la que me hablás en mi tierra he tenido que aprender que no existe.

_ ¿Qué mundo será ese que sólo te ha enseñado a morir? Replicaría ella…

_ Un mundo donde jamás podrían crecer los trigales como lo hacen aquí. Un mundo donde esa extrañeza que puebla tu corazón nos ha sido vedada...

Esa mujer noble, bella en su desarreglo de trabajo, pretendía no rendirse…

_ Si tu interior está ausente nunca podrás dar nada, nunca crecerá nada... pero aún estando presente alguien debiera enseñarte como cuidar los granos para que puedan brotar y crecer. Pero para eso primero tus ojos tendrían que ver más allá de las entrañas de los fangos y las sabanas que te han engendrado.

Allí el recordó las ausencias en su terruño, advirtió cuanta soledad lo llevaba de un lado a otro demandando un poco de paz... Trágicamente, - o tal vez afortunadamente -, sintió que lo que iba buscando en todos sus giros no era esa paz sino lo que detrás de ese ideal se disimulaba, quizás para no perderse del todo... sintió que nunca sabría de eso que esta mujer hablaba, nunca sabría del amor que tantas veces había creído vivir.

_ El fango arcilloso es fugazmente fértil, y la sabana espinosa y chata es todo lo que abunda a su alrededor. Un hombre viejo como yo carga con demasiadas vidas y cada vez se me hace más difícil aprender a no morir. Recuerdo que creí saber sobre el amor, creí sentirlo en mí... es tan fácil la confusión... Aquella vez planté un jazmín. Hoy ya ni se donde está, las malezas fueron tapándolo y hasta es posible que le hayan privado del sol hasta secarlo...

La mujer no pudo decir nada, sentía que la desazón de ese hombre se hacía carne en sus palmas ansiosas de recorrer esa tez arrugada y reseca. Sintió que su interior era invadido, que ya no sería jamás solamente suyo. Sintió esa fragilidad, ese desconsolado vacío, esa desesperación. Supo que nada contendría los huecos de aquel hombre, que nada lo detendría en ese lánguido pero seguro decurso hacia la nada... Sin embargo no podía quedarse con su parálisis, aunque fuera en vano debía intentarlo todo.

_ La abundancia y rapidez con que crecen los espinos en su lugar natural pueden hacernos creer que es inútil levantarse con la primera claridad para cuidar nuestras siembras. Bastaría con abandonarlas una mañana para que las matas empezaren a devorarlas... Si dejaras de alimentar las matas con el caldo de tu resignación, alguien podría entrar a tu tierra... Y si fuera así yo brindaría mis brazos para quitar las malezas que no dejan crecer tus secretas flores blanquecinas cuando tu alma cansada empezare a rendirse.

El mientras tanto observaba el infinito mar amarillento…

_ Si sólo supiera como cosechar lo indeseado que he sembrado, podría tal vez escuchar tu promesa y volver a sembrar y cuidar los brotes... quizás, con el tiempo, hasta podría reconocer nuevamente en mis campos el aroma insospechado de un jazmín.

Los trigales se sacudían al ritmo sutil de una brisa seca y helada del sudoeste como despidiendo al incansable errante que emprendía de nuevo su camino indefinido.

Presa del movimiento ansioso y rabioso, el peregrino no pudo detenerse frente a su propia sensibilidad, no podía permitirse una lágrima tajándole la piel. No podría soportar el dolor que le causaría el espejado de los innumerables destinos que había ignorado todos estos años a los lados del sin sentido.

Otra vez en el fango ahora reverdeciente de rastrojos pequeños recordó las últimas palabras de aquella increíble mujer de los trigales:

_ Si sucediere que ya no deseares reinar sobre tu soledad, que sintieres que sos parte de la tierra y de la gente, que sufrís y gozás cuando tu otra parte sufre o goza y no sólo cuando vos sufrís o gozás; quizá en vez de cosechar segarías esas malezas, y si no fuera demasiada la distancia yo misma las segaría... cuando tus brazos amenazaran con caerse.

La caminata fue larga pero pareció muy corta. Los árboles diminutos fueron acercándose hasta elevarse hacia el cielo claro de la mañana, los senderos callados se tragaron el tiempo...

Con el atardecer, las escasas nubes abigarradas se esfumaron definitivamente. El fulgor amarillento del ocaso penetrando el río en cauce se veía tan lejano como el gris violáceo de las tormentas.

Una figura clara y pequeña se agitaba entre el verde de los primeros cardos de primavera, una agitación singular le recorrió el esternón. Algo bullía en su nariz. Al acercarse pudo reconocer que era. Necesitó ver y palpar ese brote para llegar a confiar en la exasperación de su olfato.

El aire sabía al penetrante aroma del jazmín...

Marcelo Edgardo Zamora, en algún momento de 1997

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