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Ariadna

Ἀριάδνη

Publicado: sábado, 18 de octubre de 2014

Ariadna. Ἀριάδνη

Un nombre que me fascinara allá cuando ingresara al inmenso mundo mítico de los griegos. Ese organizador del universo simbólico occidental sin el cual probablemente seguiríamos siendo parte de la barbarie circundante por aquellos tiempos.

Alguien dirá que no dista mucho de las atrocidades a las que solemos asistir en mucho lugares del mundo, hoy mismo... pero contra eso podemos afirmar que ahora contamos con la conciencia para repudiarlas y ya no son parte de nuestra concepción del mundo.

Desde los grandes pensadores helénicos hasta las batallas épicas libradas contras los imperios asiáticos de reyes dioses… los mitos griegos construyeron los pasos de la lógica, la razón y el sagrado concepto de la libertad.
Ariadna, la más pura, como su nombre lo indica, Ἀριάδνη o arihagne.

Ariadna, la valiente también diría yo… por desafiar a su propio padre, el Rey Minos y a toda la fuerza mítica de su pueblo cretense depositada en el Minotauro, un poderoso ser de las sombras devorador de humanos…
¿Acaso ese Minotauro represente a la ignorancia que se devora la gente engullendo sus vidas, sus libertades y sus mentes…?

Cuando era adolescente disfrute esta historia del gran héroe griego Teseo y de la magia de ese Minotauro mitad hombre, mitad bestia y en la linealidad de la historia en sí. Era un mundo mágico, distante, increíble… imaginar esas vidas, ese ser sobrenatural...

Por si tomo a alguien desprevenido brevemente no ponemos en situación.

En la mitología griega, Ariadna era hija de Minos y Pasífae, los reyes de Creta que atacaron Atenas tras la muerte de su hijo Androgeo. A cambio de la paz, los atenienses debían enviar siete hombres jóvenes y siete doncellas cada año para alimentar al Minotauro. Un año, Teseo, hijo de Egeo, rey de Atenas, marchó voluntariamente con los jóvenes para liberar a su pueblo del tributo.

Ariadna se enamoró de Teseo a primera vista, y le ayudó dándole una espada mágica para terminar con el Minotauro y un ovillo de hilo para poder hallar la salida del laberinto del cuál nadie había vuelto jamás. Según otras fuentes, le dió una corona para hallar la salida.

La historia posterior a este hecho es abierta, como esos cuentos donde uno elige el final… porque según Homero al huir ella con Teseo, Dionisio envía que la asesinen pero según Hesíodo Teseo abandonó a Ariadna dejándola dormida en Naxos y Dioniso la redescubrió y se casó con ella. Con él fue madre de Enopión, la personificación del vino, y fue ascendida a los cielos como la constelación Corona Borealis.

Esta parte final queda a elección en definitiva porque lo que importa al menos en este escrito es ese primer momento donde Ariadna, conoce a Teseo.

Ariadna, siendo la más pura representa el triunfo inesperado del amor sobre la bestialidad, dicha esta palabra, en el sentido del mal y no de la animalidad. De la luz sobre las sombras, de la vida sobre la muerte. Hija de un Rey que impone dolor a los pueblos, que mantiene encerrada a una bestia brutal, mitad animal, mitad hombre, hambriento de sacrificios humanos y de la aberración del canibalismo.

Saliéndonos de la linealidad, del cuentito de héroes y doncellas, de la historia de amor cupídico e instantáneo… está la constitución e institución de la racionalidad por sobre la violencia, la elevación de la inteligencia y el valor por sobre las costumbres y viejas respuestas de un mundo que sólo comprendía hasta entonces los argumentos de la carne y de la sangre.

Esta mujer, que por sólo haber hecho lo que hizo, a todos los hombres se nos aparece en lo imaginario como hermosa y lumínica… sacrifica su vida, su comodidad, su poder de princesa para terminar con la carnicería. El mito dice que se enamora de Teseo pero se podría especular que ella se enamora de la razón y de la vida…

Hastiada quizás del perverso ritual de sus padres, asqueada seguramente por el la hediondez del dolor de los siete hombres y siete doncellas que cada año eran entregados a la bestia en el laberinto, elige la vida…
¿Pero qué vida elige? Probablemente la vida de otros, incluso desconocidos a costa incluso de la suya.

Con toda razón su nombre, Ariadna, la más pura…

Los cristianos sabemos que nada más puro que aquel capaz de dar su vida por las vidas de los otros, nada más puro que Jesús…

La pureza, tanto para el cristianismo como para el mito griego-cretense del Minotauro está en el sacrificio voluntario, en la decisión increíble que toma alguien con poder para cambiar las cosas en medio del infierno mismo… incluso a costa de su propia integridad…

Nadie obliga a Ariadna a enemistarse con su padre, el Rey, ni a recibir por eso los castigos de los dioses… Es su determinación, a enfrentar a la Bestia, como el Jesús que enfrenta a la Bestia crucificado en el madero para la salvación de todo aquel capaz de creer en Él…

Nada obliga a Ariadna a terminar con su vida de princesa. Y surge como única explicación el amor, cuál cupido que la empuja a hacer lo increíble… ayudar a Teseo, un ateniense libre que se enfrenta al destino desafiándolo e indicándole que de alguna forma va a dominar la monstruosidad devoradora del Minotauro.

Cuando los cristianos en la historia hemos elaborado imágenes de la Bestia, siempre tiene cuernos como el Minotauro… siempre es representado como una aberración genética donde partes de animales han sido incrustados en un cuerpo casi humanoide. Basta con acudir a una obra como “La Divina Comedia” de Dante Alighieri o en numerosas pinturas donde siempre el Enemigo es retratado devorando algún cuerpo humano.

Y esta bestialidad representada en el Mito del Minotauro encuentra su fin en la valentía y misericordia de Ariadna con la cual se gana su nombre, la más pura… Enfrenta el mismísimo ángel de las tinieblas al ayudar a este héroe del mundo libre de entonces, un ateniense que supone que se puede destruir al mal con la inteligencia y la valentía pero sin perder de vista que el mal debe ser terminado…

¿Acaso ese sea el amor a primera vista que conmueve a Ariadna, el horizonte de un mundo sin monstruos…?

Yo digo que eso enamora tan fatalmente a Ariadna, la libertad, el sueño de un futuro donde ya no haya indignos que enfrentar…

Estaba en sus manos el poder de cambiar el mundo, de ahora en más ya no sería gobernado por la Bestia, sino que sería potestad de la humanidad crear un nuevo destino…

Yo creo que Teseo era otro hombre libre más, como tantos, que iban a la muerte, un patricio, hijo del Rey de Atenas, un príncipe que traía el mensaje de la civilización a esa Creta de Rey de las Tinieblas reclamando carne humana para la paz, un reinado minoico arcaico y atenido a las leyes del canibalismo y la barbarie.

Teseo no muestra nada especial a Ariadna, pero ella en él puede ver otro mundo, un mundo iluminado por razón, por la vida, por la esperanza de poder inventar cada uno su propio paso y no estar ya atados y temerosos del mal.
Ariadna se enamora de la libertad en definitiva… como el cristiano se enamora de la libertad que le da ese Cordero que se sacrifica en un madero para vencer a la muerte, para pagar al mal, el último tributo y erigir un mundo nuevo donde la muerte ya no sea moneda de cambio…

Cualquier converso al cristianismo lo puede testimoniar, el hombre, la mujer que siguen a Cristo se enamoran de un mundo donde ya no hay que brindar tributo a la muerte sino donde la conciliación, la paz, el amor y la vida misma son la nueva ley.

Ariadna se enamora de eso y por eso da todo, traiciona sus antepasados, entrega a sus padres y derrumba el reino que ella heredaría alguna vez por esa sola visión de saber que otra vida es posible.

Ariadna, no desea reinar un mundo de muerte, de canibalismo y tortura, no quiere heredar la sujeción al mal de sus padres… Ariadna busca la libertad del yugo de las sombras y la encuentra al entregar a Teseo el ovillo y la espada mágica para vencer al Minotauro, la representación del mal en la tierra…

Ariadna, en todas las versiones termina lejos de Teseo, o abandonada, o muerta o casada con Dionisio. Estas cuantiosas versiones de su fin, es una forma metafórica de mostrar que su misión fue cumplida en aquel evento donde entrega la forma de vencer al Minotauro, lo demás ya no es importante, porque ya deja de ser historia pública y pasa a ser parte de su historia privada, y esto deliberadamente marca que el fin del mito.

Ese salto al vacío que da, la belleza de su corazón, capaz de salvar a la mismísima humanidad del oscurantismo de la mano de un Teseo arrogante y convencido de poder encarnar un héroe de cuentos.

Vencida la oscuridad, muerto el Minotauro, despejados los temores del mundo al monstruo cretense, la razón tiene el camino abierto para un mundo que se irá construyendo lejos de mitos y bestias sino que más bien se inclinará por la episteme, ἐπιστήμη.

Un mundo que ya no tendrá lugar para monstruos sobrenaturales para justificar la miseria humana…

El conocimiento dejará detrás así al misticismo y nuestro mundo actual será parido desde aquel punto…

Si algo debemos a los griegos es esa confianza, tal vez, sobredimensionada, sobre todo lo que podemos ser y hacer los seres humanos.

La actitud epistemológica de asumir el protagonismo y construir cual hormigas pequeños y humildes pasos que hoy llamamos ciencia…

No dejo de pensar cuán hermoso sería para Ariadna ver los frutos de su sacrificio… pero ella es sólo un mito… una explicación metafórica de las luchas y fuerzas que debieron enfrentar los griegos cuando eligieron el camino de pensar.
Un sendero lleno de derrotas que hoy mismo seguimos enfrentando y donde la mayoría hoy mismo prefieren rendirse por lo pesada que es la carga que representa en la vida diaria, darse este lujo griego… el lujo de pensar.

Marcelo Zamora, 18 de octubre de 2014

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